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TRANSCRIPCIONES DE DOCUMENTOS CONTENIDOS EN EL VOLUMEN 68, DEL FONDO MINISTERIO DE GUERRA, ARCHIVO NACIONAL HISTÓRICO

SEGUNDA PARTE

Continuamos con la segunda entrega de transcripciones de documentos manuscritos del Archivo Nacional Histórico, contenidos en el Volumen Nº 68 del Fondo Ministerio de Guerra del mencionado archivo.

Estos oficios están fechados entre fines de febrero y comienzos de abril de 1818, y provienen del Ejército Unido de Chile y de los Andes que libró la batalla de Maipú.

Esperamos que esto pueda ser un aporte para los investigadores y estudiosos de la historia militar chilena, especialmente en este tiempo en que se conmemoran los bicentenarios de varios hechos de armas de nuestra independencia.

Eduardo Arriagada Aljaro
Licenciado en Historia PUC.
Magíster en Historia Militar y Pensamiento Estratégico ACAGUE.
Academia de Historia Militar.

*EN LA IMAGEN: Batalla de Maipú, por fray Pedro Subercaseaux Errázuriz. c.1918

Viernes, 3 Febrero, 2017

IMPORTANCIA POLÍTICA Y CONSECUENCIAS DE LAS BATALLAS DE CHORRILLOS Y MIRAFLORES

Durante estos días se conmemora un nuevo aniversario de las célebres jornadas bélicas de
Chorrillos y Miraflores, en las cuales combatió el mayor contingente de hombres jamás visto
en la historia militar de nuestro país durante el siglo XIX. Sin duda que el número de
soldados nacionales – calculado en cerca de 23.000 por el destacado historiador Gonzalo
Bulnes – impresiona enormemente, así como los hechos bélicos que tuvieron lugar.

No obstante lo anterior, cabe preguntarse acerca de la importancia política de estos hechos
de armas y de sus consecuencias tanto para la Guerra del Pacífico misma, como para
nuestro país. Se puede decir que el punto de inflexión de este conflicto – en cuanto a sus
objetivos políticos y estratégicos de parte de Chile- fue la batalla de Tacna (mayo de 1880),
tras la cual y, luego de un arduo proceso de discusión entre nuestras autoridades políticas y
militares, se decidió finalmente marchar hacia la capital peruana.

(...)

Más información en el archivo adjunto.

Por
Eduardo Arriagada A.
Historiador PUC
Magíster en Historia Militar y Pensamiento Estratégico.
Academia de Historia Militar.

*EN LA IMAGEN: Carga de Yávar. Por Mochi.

Martes, 17 Enero, 2017

TRANSCRIPCIONES DE DOCUMENTOS CONTENIDOS EN EL VOLUMEN 68, DEL FONDO MINISTERIO DE GUERRA, ARCHIVO NACIONAL HISTÓRICO

Comenzamos la primera de una serie de tres entregas de documentos transcritos del Archivo Nacional Histórico, que corresponden a la primera mitad del Volumen 68, del Fondo Ministerio de Guerra.

Este volumen guarda los oficios provenientes del Ejército Unido de los Andes y de Chile, que libró la gloriosa batalla de Maipú, acontecida el 5 de abril de 1818.

Ahora que se aproxima el bicentenario de este hecho de armas – además de varios otros ocurridos en el contexto de las campañas de la independencia de Chile – la Academia de Historia Militar desea aportar a la comunidad de investigadores con esta tarea de transcripción, que, esperamos, sea un buen aporte a sus labores profesionales.

Eduardo Arriagada Aljaro
Licenciado en Historia UC, Magíster en Historia Militar y Pensamiento Estratégico ACAGUE, e investigador de la Academia de Historia Militar.

*En la imagen: Batalla de Maipú, por Mauricio Rugendas.

Viernes, 2 Enero, 1818

En el archivo PDF a continuación, podrá descargar una selección con partes relacionados con el combate, obtenidos de la recopilación de partes de Pascual Ahumada.

Esperamos que sean de su agrado.

Academia de Historia Militar.

Miércoles, 8 Octubre, 1879

DOCUMENTOS RELATIVOS A LA REVOLUCIÓN DE 1851
TERCERA PARTE

A continuación presentamos una tercera entrega de documentos relativos a la revolución que tuvo lugar en nuestro país durante el año de 1851, al comienzo de la administración del Presidente Manuel Montt.

En particular, estos documentos dan cuenta de los aspectos logísticos de aquellas campañas, relacionados principalmente con el suministro de animales, víveres, armamento y otros bagajes necesarios para mantener a las tropas en los teatros de combate.

Estos documentos vienen con sus respectivas reseñas y comentarios elaborados por este autor.

Esperamos que esto contribuya al trabajo de los estudiosos a investigadores de la historia militar de nuestro país.

Eduardo Arriagada Aljaro
Historiador PUC
Magíster en Historia Militar y Pensamiento Estratégico
Investigador de la Academia de Historia Militar

Lunes, 22 Septiembre, 1851

Texto que aparece en las Efemérides del día 16 de marzo, con imágenes referido a la fundación de la mencionada institución, disponible para su descarga.

Domingo, 16 Marzo, 1817

DOCUMENTOS RELATIVOS A LA REVOLUCIÓN DE 1851
SEGUNDA PARTE

Presentamos un segundo cuerpo de documentos relativos a la revolución que aconteció en Chile en el año de 1851.

En esta ocasión se trata de documentos provenientes de la División Pacificadora del Norte, la que, tal como indica su nombre, operó en las zonas de Coquimbo y Copiapó. Ellos dicen relación principalmente con aspectos de la movilización militar que entonces tuvo lugar, que incluyen asuntos tanto logísticos como también operacionales. Ilustran muy bien acerca de las peripecias y vicisitudes por las que pasó esta fuerza militar.

Los documentos transcritos están acompañados de sus respectivas reseñas y comentarios.

Esperamos que esto pueda ser un aporte para los investigadores que trabajan la historia militar chilena.

Eduardo Arriagada Aljaro
Historiador PUC
Magíster en Historia Militar y Pensamiento Estratégico
Investigador de la Academia de Historia Militar

Jueves, 18 Septiembre, 1851

DOCUMENTOS RELATIVOS A LA REVOLUCIÓN DE 1851
PRIMERA PARTE

A continuación se presenta la primera parte de una selección de documentos transcritos del Fondo Ministerio de Guerra del Archivo Nacional Histórico, que tienen relación con la Revolución de 1851. Estas fuentes tienen que ver principalmente con los asuntos relativos a la movilización y desmovilización de hombres y de recursos logísticos, que acontecieron con motivo de esta campaña. Los documentos van acompañados de reseñas y comentarios. Esperamos que sean del interés de la comunidad de investigadores que estudian los temas históricos y militares de nuestro país.

La Revolución de 1851 se inscribe dentro de la larga lucha que durante el siglo XIX sostuvieron liberales y conservadores, a la hora de dar al país un orden político y social conforme a sus ideas. Dentro de la centuria decimonónica, este conflicto tuvo cuatro grandes hitos: la Guerra Civil de 1829 – 1830, la Revolución de 1851, la Revolución de 1859 y la Guerra Civil de 1891. Esta revolución en particular aconteció en los inicios de la administración gubernamental de Manuel Montt y, si bien tuvo al Gobierno como el
ganador, tuvo también un alto coste de vidas humanas.

Normalmente, la historia militar de Chile del siglo XIX es mirada hacia afuera, teniendo como eje las guerras internacionales que nuestro país sostuvo con otros Estados americanos. En cambio, esta mirada desde dentro es poco conocida y revela a un Estado y a una sociedad que no estuvieron libres de tensiones internas, pese a que se considera a Chile como el país hispanoamericano más estable y ordenado del siglo XIX. La pugna entre liberales y conservadores no se saldó con la Guerra Civil de 1829 – 1830, sino que permaneció latente a lo largo del siglo XIX, con explosiones periódicas de las cuales la Revolución de 1851 es una de esas expresiones.

Se formaron dos ejércitos, uno gobiernista al mando de Manuel Bulnes y otro revolucionario comandado por José María de la Cruz. Hubo campañas tanto en el norte como en el sur de nuestro país, pero fue en esta última zona donde se dio el encuentro decisivo, que correspondió a la batalla de Loncomilla, que finalizó con el triunfo de la fuerza que apoyaba al gobierno de Manuel Montt.

Sin embargo, el conflicto ya mencionado permanecería latente y volvería a explotar en 1859, cuando estaba finalizando el gobierno de Manuel Montt.

Eduardo Arriagada Aljaro
Historiador PUC
Magíster en Historia Militar y Pensamiento Estratégico
Investigador de la Academia de Historia Militar

Miércoles, 29 Julio, 2015

La guerra, sin duda, es una de las relaciones básicas del hombre con el hombre. El instinto guerrero atraviesa los ecos de la historia con un idéntico afán: exterminar al enemigo, o mejor, la fuerza que él ostenta, para imponerle la propia voluntad. Este instinto es tan humano, tan inherente a la naturaleza del hombre, que no nos equivocamos al afirmar que ha sido, desde los primeros documentos escritos, y aún mucho antes, uno de los temas predominantes con los que la literatura, la poesía, las canciones y la historia –oral y escrita- se han provisto.
Karl von Clausewitz, en su obra “De la guerra” (Vom Kriege), -publicado en 1832, si bien un compendio inacabado es de lectura obligatoria para adentrarnos en esta ciencia- nos señala que para entender la guerra no partiremos de una visión afectada y deforme de la misma, sino que consideraremos sólo su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala ampliada, si imaginamos a un mismo tiempo los incontables duelos aislados que forman una guerra, la podríamos representar como dos luchadores que tratan cada uno de imponer su voluntad sobre el otro por medio de la fuerza física; su propósito inmediato es derribar al adversario y de ese modo incapacitarlo para ofrecer mayor resistencia. En consecuencia, “la guerra es un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario”.
La guerra de 1914-1918 representó la desastrosa apertura del trágico siglo XX. No sólo por la terrible estela de muertos y devastación que dejó tras de sí; no sólo por las injusticias, las frustraciones, los gérmenes de nuevas guerras que, después del fracaso de la Paz de Versalles, heredaron los europeos y los demás pueblos, sino porque dio origen a una cultura bélica, del odio y de la barbarie. Sin embargo, desde la otra vereda, los avances en distintos campos fueron y son indiscutibles y tremendamente productivos y beneficiosos.
Siguiendo esta línea de pensamiento y siempre bajo el concepto de la guerra, entendemos que, la fuerza, al enfrentarse con la fuerza, se sirve de las creaciones del arte, de la ciencia y del genio o ingenio humano. Así, “…genio es la habilidad para obtener la victoria cambiando y adaptándose según el oponente”. Esta frase, del estratega chino Sun Tzu, fue escrita hace más de 2.000 años en su gran obra “El arte de la guerra”.
A lo largo de los siglos, la carrera armamentística ha desafiado el ingenio, la inventiva y la imaginación de los hombres desde que uno de ellos tomó por vez primera una piedra o un palo en un momento de furia. En consecuencia, la tecnología militar ha estado siempre a la vanguardia de la investigación científica. Ha sido un proceso continuo pero marcado por saltos conceptuales, como el paso de golpear a alguien con un objeto a arrojárselo, para luego idear un mecanismo que lanzara todavía más lejos. Por tanto, no es relevante si el primer multiplicador de fuerza consistió en una honda, una cerbatana o un átlatl. Lo que importa es que el ser humano aprendió a llegar más lejos en el lanzamiento al tiempo que se mantenía a cubierto y así sucesivamente, trascendiendo muchas veces más allá de su papel como armas para convertirse en símbolos de prestigio y longevidad.
En efecto, para el éxito militar, resulta clave adaptarse a circunstancias cambiantes, porque en la guerra la victoria depende más del ingenio, la inventiva y la innovación que de la fuerza bruta. Ese espíritu indomable de superar todas las adversidades, burlar al enemigo y desarrollar nuevas ideas es el objeto principal de esta serie de artículos relacionados con los avances en investigación y desarrollo ocurridos durante la Primera Guerra Mundial en este centenario que abarca los años 1914 a 1918 y que iniciamos con el “Reloj de Pulsera”.
Hoy muchas personas prefieren ver la hora en un teléfono celular y ya no llevan consigo un reloj de pulsera. El reloj portátil ha sufrido muchas transformaciones desde su creación. Y los actuales, en su mayoría, son una combinación de estilo, tecnología y funcionalidad. Pero esto no siempre fue así.
Las grandes civilizaciones definieron con gran exactitud las estaciones del año y predijeron el tiempo explorando el firmamento. A medida que se fueron desarrollando, la medida del tiempo fue tomando mayor notabilidad, desarrollándose técnicas cada vez más complejas para conseguir una medida precisa de tiempo. Sin embargo, los relojes eran propiedades privadas y, exclusivas para la más alta sociedad, dado el alto coste de su fabricación. No es hasta el advenimiento de la industrialización cuando los relojes se sitúan al alcance de la humanidad en general.
En 1504, Peter Henlein produjo por primera vez un reloj portátil. Si bien era fácil de llevar, de ninguna manera era exacto ya que el movimiento de caminar afectaba su capacidad para controlar el tiempo en forma correcta. En el siglo XIX, Patek Philippe crea del reloj de pulsera pero, siempre de uso femenino como accesorio y pieza decorativa. A su vez, los hombres llevaban relojes de bolsillo que sincronizaban con las campanadas de la iglesia más cercana.
El uso del reloj de bolsillo durante las guerras europeas o coloniales permitió sincronizar asaltos y obedecer las órdenes del alto mando con enorme exactitud para evitar bajas en las propias filas. Primero entraba en funcionamiento la artillería, y a una hora determinada, se ponía en macha la infantería. De ahí nació la famosa frase “sincronicen los relojes”.
Al iniciarse las hostilidades de la Primera Guerra Mundial, -la guerra que acabaría con todas las guerras- los ejércitos se dieron cuenta de que los soldados no podían distraerse echando un vistazo a su reloj de bolsillo. En el fragor del combate, era ridículo meter la mano en el bolsillo para sincronizar los tiempos. Además, con el peso de los morrales y las armas, los relojes de bolsillo eran una molestia más. Por eso, se popularizaron los relojes de pulsera. No era la primera vez que se usaban en un conflicto pues en la Segunda Guerra de los Bóers (1898-1902) en las actuales Sudáfrica y Suazilandia, el ejército británico recurrió a los relojes de pulsera. Al finalizar esa guerra, se disipó el hábito.
Fue así como la Gran Guerra sirvió para retomar la costumbre y su aceptación marcaría un punto de inflexión en la evolución de los relojes, tal y como los conocemos hoy y los legitimó para siempre. Los relojes de pulsera se popularizaron en ambos bandos. Especialmente en los pilotos de aviones de combate, quienes, por aquella época, y dado lo reducido de sus instrumentos de abordo o la inexistencia de ellos en un principio, hacían necesario el reloj para realizar mediciones rápidas y de gran relevancia. El pionero de la aviación brasileña Alberto Santos-Dumont pidió a su amigo y relojero parisino Louis Cartier que le fabricara un reloj que pudiera llevar en la muñeca. Cartier Santos es por tanto uno de los primeros modelos de reloj de pulsera que existieron para caballeros. Le seguiría Wilsdorf con Rolex y la Hamilton Watch Company. Otros relojes continuarían haciendo su aparición, los de Zenith y los Longines.
En los distintos frentes, muchos de aquellos primitivos “pulseras” llevaban protecciones metálicas para el cristal, que se conocieron como “relojes de trinchera”, por razones más que obvias…
Mientras que los relojes militares de décadas venideras serán adquiridos por los gobiernos y sus FF.AA. y entregados a las tropas, durante la Gran Guerra los soldados normalmente compraron relojes de su propio peculio.
El ejército norteamericano comenzó usando los relojes de pulsera en 1915 (como el Waltham yanqui). Cuando EE.UU. entró a la guerra en 1917, su Signal Corps recibe “pulseras” creados por Zenith. El Departamento de Guerra británico obtuvo una pequeña cantidad de “pulseras” en 1917 para “test”. Todos esos modelos llevaban esferas esmaltadas negras y números luminoso de radio. A finales de la guerra, en todos los “pulsera” se introdujeron una novedad que hoy todos conocemos: las agujas fosforescentes. Se aplicó a la esfera y a las manecillas un compuesto radiactivo y sulfuro de zinc para que los soldados no tuvieran que encender las linternas de noche para consultar la hora porque así eran pasto de los francotiradores enemigos. A los soldados se les permitió conservar los relojes de pulsera una vez liberados de las FF.AA. Así fue como, este elemento se convirtió en una parte esencial de la cultura popular.

Por Javier Vargas Guarategua
Miembro Académico de la Academia de Historia Militar de Chile

Más fotografía al inicio de nuestra página web

Lunes, 6 Abril, 2015

Eduardo Arriagada Aljaro
Academia de Historia Militar

Durante los meses de enero y febrero, la mayor parte de los chilenos están concentrados en sus días de vacaciones, mientras que tanto las oficinas estatales como muchas empresas privadas entran en un período de menor actividad. Las calles de nuestra capital se vuelven muy expeditas, y Santiago aparece como una ciudad muy plácida y tranquila. Se podría decir que esta fue la tónica a nivel nacional durante el siglo XX y hasta la actualidad. Sin embargo, si uno escudriña en nuestra historia durante los siglos coloniales y durante el siglo XIX, da la impresión de que los meses de verano no siempre fueron tan plácidos.

Una de las causas de este último fenómeno radica en que, afortunadamente, durante el siglo XX nuestro país no conoció guerras ni campañas militares (aunque sí experimentó movilizaciones militares); pero esto último no puede aplicarse al período comprendido entre los siglos XVI y XIX. Hay que recordar que durante esta larga coyuntura Chile era una país de economía predominantemente agrícola, mientras que sólo en sus últimas décadas nuestro país comenzó su proceso de industrialización. Debido a que no se contaba con la tecnología industrial y militar moderna, era normal que las campañas militares se desarrollaran en verano. Esto último no sólo fue propio de nuestro país, sino de toda la época preindustrial, tanto en Europa como en buena parte del mundo.

Se puede decir que la guerra acompañó nuestro acontecer histórico hasta el siglo XIX y, cuando se revisan las principales efemérides de nuestra historia militar, sorprende la cantidad de acciones de guerra que tuvieron lugar en los meses de enero y febrero, incluyendo algunas que son muy emblemáticas, debido a que fueron batallas decisivas, o a que fueron de gran magnitud en cuanto al contingente de hombres que participaron en ellas.

Si se toma a la historia militar en su versión de historia de hechos de armas, para el caso chileno aquella se puede ordenar en cuatro ejes.

Una primer eje corresponde a un fenómeno de muy larga duración y que constituyó la guerra en la Frontera araucana. Este conflicto comenzó con la llegada de la hueste de Pedro de Valdivia al sur de nuestro país y se prolongó durante todo el período colonial (si bien en la segunda mitad del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII, esta guerra estuvo muy aminorada, no dejó de estar latente), llegando hasta el siglo XIX (en cuya segunda mitad se reactivó fuertemente, debido al comienzo de las campañas de la Incorporación de la Araucanía).

Un segundo eje corresponde a nuestra Guerra de Independencia, la cual tiene características propias, ya que implicó nuestra salida del dominio de la Monarquía española y el comienzo de nuestra vida republicana.

El tercer eje se refiere a las guerras internacionales que enfrentó nuestro país durante el siglo XIX y que se inscriben en el contexto bélico latinoamericano de esa centuria, el cual se explica por el ajuste en las fronteras que hubo entre los nuevos Estados americanos (debido que los límites políticos heredados del Imperio español eran muy inexactos y tales límites habían sido escogidos por los nuevos estados para configurar sus territorios). En este eje destacan tres grandes campañas: la Guerra contra la Confederación Peruano – Boliviana (1836 – 1839), la Guerra contra España (1865 – 1866) y la Guerra del Pacífico (1879 – 1884).

El cuarto y último eje corresponde a las conmociones de carácter interno que sacudieron nuestra vida republicana decimonónica, las que se inscribieron en la larga pugna que se dio durante este siglo en nuestro país, entre liberales y conservadores, pero que terminó siendo un forcejeo entre quienes defendían la primacía del Poder Ejecutivo sobre el Poder Legislativo dentro de nuestra institucionalidad política, y aquellos que sostenían el predominio del segundo por sobre el primero. Este eje se tradujo en cuatro campañas: la Guerra Civil de 1829 – 1830, la Revolución del año 1851, la Revolución de 1859 y la Guerra Civil de 1891.

Se puede decir que estos cuatro ejes están presentes en la historia militar chilena durante los meses de enero y febrero, debido a que, como Chile era un país de economía preindustrial, eran los meses ideales para movilizar contingentes de hombres y para efectuar operaciones militares, debido a las condiciones climáticas adecuadas. Pero también, por otra parte, la movilización de dichos contingentes se contraponía con la necesidad de mano de obra para las actividades agrícolas, lo que nos lleva a una reflexión sobre el valor de los objetivos políticos que daban sentido a las guerras. Por cierto, en la historia de nuestro país se identifican diversos períodos en que la defensa del territorio y de su población tuvo que ser superpuesta a la producción de los campos.

Vamos por partes.

En el caso de la larga guerra en la Frontera Araucana, tenemos los siguientes hechos de armas ocurridos en los meses de enero y febrero, los cuales corresponden a los más importantes (ya que tuvieron lugar varios otros más):

- En el marco del período colonial, más exactamente en el siglo XVI, tenemos el combate de Quilacura (20 de febrero de 1546), el combate de Andalién (22 de febrero de 1550), la batalla de Marigueñu (27 de febrero de 1554), la destrucción de Concepción (28 de febrero de 1554), el combate de Cayucupil (20 de enero de 1558), el asalto y combate de Cañete (30 de enero de 1558), la derrota de Catiray (febrero de 1563), la acción de Itata (15 de enero de 1564), el combate de Vegas de Andalién (22 de enero de 1564), la batalla de Catiray (7 de enero de 1569), el ataque al fuerte de San Felipe de Austria, en Arauco (16 de enero de 1599), el combate en Santa Cruz de Oñes (7 de febrero de 1599), el combate de Carampangue (11 de febrero de 1599) y el combate de Angol (23 de febrero de 1599).

- Manteniéndonos dentro del período colonial, pero pasando al siglo XVII figuran la destrucción de Villarrica (7 de febrero de 1601), el ataque a Purén, (23 de febrero de 1613), el combate de Nacimiento (28 de febrero de 1628), el combate de Picolhué (24 de enero de 1630), la batalla de La Albarrada (13 de enero de 1631), el combate de Río Bueno (11 de enero de 1654), el alzamiento general indígena (a partir del 14 de febrero de 1655), el combate de Santa Juana (18 de febrero de 1655) y el combate de Molino del Ciego (14 de enero de 1657).

- Por otra parte, para el siglo XIX y en el contexto de las campañas de Incorporación de la Araucanía a la soberanía chilena, están el encuentro del fuerte de Huequén (28 de enero de 1869), el ataque a la plaza de Collipulli (25 de enero de 1871), el asalto de la plaza de Traiguén (27 de enero de 1881), el ataque al fuerte de Collipulli (enero de 1881) y el asalto del fuerte de Los Sauces (enero de 1881), entre otras acciones de guerra.

Para el caso de las campañas de nuestra Independencia, los hechos de armas más destacados de estos meses son los siguientes:

- En el contexto de las campañas de la Patria Vieja, tenemos el combate de Cucha Cucha (23 de febrero de 1814).

- Dentro del período de la Patria Nueva figuran la partida del Ejército de los Andes desde Mendoza (a partir del 18 de enero de 1817 y durante los días siguientes), la batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817) y el desembarco de la expedición realista al mando del general Mariano Osorio, y la toma de Concepción (a partir del 5 de enero de 1818 y durante los días siguientes).

- En el contexto de las campañas de la Incorporación de Chiloé a la soberanía chilena aparecen el Asalto al fuerte de Agüi (18 de febrero de 1820), el bombardeo de los fuertes de Ancud (11 de enero de 1826), el combate de Poquillihue (14 de enero de 1826), el combate de Pudeto (14 de enero de 1826), el combate de Bellavista (14 de enero de 1826) y la conquista de Ancud (14 de enero de 1826).

- Por último, dentro de las campañas en el sur del país se presentan el combate de Santa Juana (21 de febrero de 1819), la Toma de la plaza de Valdivia (3 y 4 de febrero de 1820), el combate de Lumaco (12 de enero de 1821), la acción de Topocalma (1º de febrero de 1822), la acción de Tucapel (21 de febrero de 1824), la acción de Neuquén (25 de febrero de 1826), el combate de Neuquén (2 de febrero de 1827) y el combate de Coyahuelo – Lagunas de Pulán o Epulafquén (14 de enero de 1832).

Escudriñando en las guerras internacionales sostenidas por nuestro país durante el siglo XIX, encontramos las siguientes acciones de guerra como las más significativas que ocurrieron en estos meses en cuestión:

- En el contexto de la Guerra contra la Confederación Peruano – Boliviana tenemos el combate del Puente de Buin (6 de enero de 1839), el combate naval de Casma (12 de enero de 1839) y la batalla de Yungay (20 de enero de 1839).

- Dentro de la Guerra contra España figura el combate naval de Abtao (7 de febrero de 1866).

- Por último, en el contexto de la Guerra del Pacífico, aparecen la Ocupación de Antofagasta (14 de febrero de 1879), el combate de Calama (23 de febrero de 1879), la batalla de Chorrillos (13 de enero de 1881) y la batalla de Miraflores (15 de enero de 1881).

Indagando en los conflictos internos que ha tenido nuestro país durante el siglo XIX, hallamos los siguientes hechos de armas que también ocurrieron en los meses de enero y febrero:

- En el contexto de la Revolución de 1851 tenemos el combate de Linderos de Ramadilla (8 de enero de 1852).

- Dentro de la Revolución de 1859 están el Sitio de Talca (entre los días 19 de enero y 28 de febrero de 1859), la Asonada de Concepción (2 de febrero de 1859), el sitio y la toma de San Felipe (28 de febrero de 1859) y la Asonada de Valparaíso (28 de febrero de 1859).

- En el contexto de la Guerra Civil de 1891 figuran el combate de Zapiga (21 de enero de 1891), el combate de Alto Hospicio (23 de enero de 1891), el combate de Punitaqui (24 de enero de 1891), el combate y la toma de Pisagua (6 de febrero de 1891), el combate de Dolores o San Francisco (15 de febrero de 1891), el combate de Huara (17 de febrero de 1891) y el combate de la Aduana de Iquique (19 de febrero de 1891).

Como se puede apreciar, los meses de enero y febrero están quizás entre los más ricos en cuanto a las efemérides que componen la historia militar chilena. Lo interesante es que varios de estos hechos de armas tuvieron el carácter de decisivos, o también de acciones finales, que permitieron decidir o terminar determinadas campañas, e incluso una guerra completa (pensar tan sólo en los casos de las campañas de la Incorporación de Chiloé, de las campañas en el sur del país durante la Independencia, de la Guerra contra la Confederación Peruano – Boliviana, de la Revolución de 1851, de la Revolución de 1851 y de la Guerra del Pacífico).

Para nuestros ascendientes del período colonial y del siglo XIX no se trataron precisamente de meses de descanso, sino de mucha actividad destinada, primero, a consolidar la soberanía sobre el territorio del Reino de Chile en el marco del Imperio Español en América; y, segundo, a consolidar y a precisar la soberanía sobre el nuevo territorio de la flamante República de Chile. Esta labor de larga duración no fue en vano, ya que, como se afirmó más atrás, luego vino un siglo XX en el cual nuestro país no experimentó guerras, pero sí una relativa paz que ha durado hasta el día de hoy. En el fondo, la tarea militar que realizaron nuestros antepasados contribuyó significativamente a que hoy podamos darnos unas merecidas vacaciones en estos meses en cuestión. Si ellos hicieron tanto por la construcción de nuestro país, ¿qué podemos nosotros hacer hoy por Chile?

Jueves, 30 Enero, 2014

“Bautizo de Francisca Xaviera de Carrera y Verdugo

1º de marzo de 1781

Certifico en cuanto puedo y ha lugar en derecho, yo el Doctor Gregorio Badiola, Cura rector de esta Santa Iglesia Catedral, como en uno de los libros parroquiales de mi cargo en que se sientan las partidas de los niños españoles que en dicha Santa Iglesia se bautizan, forrado en tapas de pergamino blanco que empieza a correr por los años de mil setecientos setenta y dos se halla una partida sacada [que] a la letra es como sigue:

En la ciudad de Santiago de Chile a primero de marzo de mil setecientos ochenta y un años, el Dr. don Gregorio Tapia y Segarra, Deán de esta Santa Iglesia Catedral, con nuestra venia, y licencia en dicha Iglesia bautizó, puso óleo, y crisma a Francisca Xaviera Eudoxia Rudecinda Carmen de los Dolores, española, de edad del propio día, hija legítima y de legítimo matrimonio del señor don Ignacio de la Carrera y Cuevas, Teniente Coronel de Caballerías del Regimiento del Príncipe, y de doña Francisca de Paula Verdugo y Valdivieso; siendo la bautizada nieta paterna del maestre de campo don Ignacio de la Carrera y Ureta y de doña Francisca de las Cuevas y Valenzuela; y nieta materna del señor doctor don Juan Verdugo, del Consejo de S. M. Oidor y Alcalde de la Corte de la Real Audiencia de esta ciudad, y de doña María Juana Fernández de Valdivieso, Capitán Comandante del Regimiento de Milicias de la villa de San Fernando, y doña Dolores Vargas; y para que conste lo firmo.

Dr. Gregorio Badiola.

Concuerda con su original de donde le mandé sacar y va fiel y verdaderamente traducida y en lo necesario a ella me remito; y para que conste donde convenga a pedimento de parte, doy la presente en bastante forma que haga fe en la ciudad de Santiago de Chile en diez días del mes de diciembre de mil setecientos noventa y tres.

Doctor Gregorio Badiola.”

FUENTE:
Parroquia del Sagrario, Santiago de Chile. Libro 25 de bautismos, fs. 161 vta. RCHG – 10 pág. 168.

BIBLIOGRAFÍA:
Moreno Martín, Armando. “Archivo del General José Miguel Carrera”. Fundación Cardoen. Sociedad Chilena de Historia y Geografía. Santiago de Chile, 2006. pág. 105

Jueves, 1 Marzo, 1781

Quebrada Ancha, 2 de febrero de 1817

Señor don José de San Martín.

Mi amado amigo: he abierto la correspondencia del general de vanguardia, como V. me ha prevenido. Dice que ayer tarde no más llegaron a su campamento las cargas de provisión, cuando temprano, por la mañana, las vi yo pasar por él. Dice que ignora si yo habré tenido los mismos atrasos que él. No puede ser así, cuando sus mismos oficiales y ayudantes han visto marchar esta división en el mayor orden y unión y el mismo Soler que lo sabe, me escribió ayer para que no me moviese hoy hasta las dos de la tarde, sin duda para que no lo alcanzase como sucedió ayer a las cuatro de la tarde, que alcancé a divisar su retaguardia desde este punto.

Si lo dice por la escolta, no tengo la menor duda que su comandante, al intento contra mi orden, se adelantó para quedar en la división de vanguardia, pues, desde que llegó allí ni me avisó de ello, ni hasta hoy me ha escrito una letra, bien que tuvo orden del general Soler de marchar con él. La guardia que escoltaba la provisión, y dije a V. ayer había quedado más allá del alto, está en los Patillos sin novedad alguna. Las mulas de la provisión bastante rendidas; un tal Ortiz, que conduce provisión para la vanguardia, le he mandado marchar a la ligera, porque las trece cargas de provisión que ayer dije a V. iba a mandar a Soler, no se han podido efectuar por las mulas y las de Ortiz vienen mejor.

Ayer se fue el cirujano mayor a incorporarse a la vanguardia por haber tenido órdenes para ello de su general. Hoy se ha muerto un soldado del número 7 en su cama; todos ignoramos cual fue su mal; un barbero que hace de profesor y no sabe leer, menos podría acertar.
Voy a salir para Los Patos u Horqueta; allí quedarán mañana los 60 hombres que V. ordenó.

Celebraré conserve V. la salud que sobre todo me interesa y disponga de su más fiel amigo q.b.s.m.

Bernardo O’Higgins.

FUENTE:
Archivo Nacional. “Archivo de don Bernardo O’Higgins. Tomo VII.” Imprenta Universitaria. Santiago de Chile 1950. pp. 102 – 103.

Domingo, 2 Febrero, 1817

Cádiz, 1º de febrero de 1800.

¡Cuán grandes tristezas, señora mía, no he pasado yo por usted, sin tener una sola cartita de usted para mi consuelo!, yo que tanto me he esmerado en escribirle, no solamente a usted sino también a mi maestro el reverendo padre fray Francisco Ramírez, procurando saber de usted de todos modos. Pues ahora le pido por aquel amor de madre debido a un hijo, por mis trabajos, por mi amor, y en fin, por el padre que me dió vida, que no me deje usted de escribir a Buenos Aires, donde espero recibir carta de usted dirigida a casa de don Juan Ignacio Escurra, a quien iré recomendado.
Le pido me encomiende a Dios, como yo la encomiendo a usted en todas mis oraciones, pues los peligros que tengo que pasar son bien grandes, pues las mares están llenas de corsarios y buques de guerra ingleses. No obstante, nuestra embarcación va bien armada.

VICUÑA MACKENNA, El ostracismo de O'Higgins, pág. 63.

Sábado, 1 Febrero, 1800

FRAGMENTO DE UNA CARTA A DON AMBROSIO O’HIGGINS

Londres, 28 de febrero de 1799

Amantísimo padre de mi alma y mi mayor favorecedor:
Espero que V.E. excuse este término tan libre de que me sirvo, aunque me es dudoso si debo o no hacer uso de él para con V.E.; pero de los dos me inclino a aquel que la naturaleza, (hasta aquí mi única maestra) me enseña, y si diferentes instrucciones tuviera, las obedecería.
Aunque he escrito a V.E. en diferentes ocasiones, jamás la fortuna me ha favorecido con una respuesta, como aquélla siempre se muestra contraria mía en este particular; pero al fin ella se cansará y dará oídos a mis súplicas. No piense V.E. que con esto pienso quejarme, porque en primer lugar, sería en mí tomarme demasiada libertad sin derecho alguno; sé que V.E. ha dado hasta aquí todos los requisitos para mi educación. Me considero a lo menos de veintiún años, y aun no he emprendido todavía carrera alguna, ni veo semejanza de ello. Me voy a incorporar a una academia militar de navegación, si puedo conseguirlo, para aprender esta carrera como a la que más me inclino, por lo cual, y mediante a lo que he comunicado a V.E. en mis anteriores, que confía habrá V.E. recibido, espero que decidirá lo que encuentre más propio y conveniente, en la inteligencia de que me hallo apto para ello, pero considerando las ventajas y honor que al presente resultarán de la carrera militar, la cual ciertamente congenia con mis inclinaciones, y me muestra señales de suceso, solamente espero con ansía las órdenes de V.E. para obedecer y emprender lo que V.E. disponga, seguro de que mi deber e intención no es sino agradarle. Le haré a V.E. una corta relación del mediano progreso de mis estudios en este país, cual es el inglés, francés, historia antigua y moderna, etc., música, dibujo, el manejo de las armas, cuyas dos últimas, sin lisonja, las poseo con particularidad, y me sería de gran satisfacción si varias de mis pinturas, particularmente en miniatura, pudieran llegar a manos de V.E., pero las presentes inconveniencias lo impiden.

VICUÑA MACKENNA, El Ostracismo de O’Higgins, pág. 39.

Jueves, 28 Febrero, 1799

PARTIDA DE BAUTISMO (1)
Bernardo O’Higgins, español.
Don Pedro Pablo de la Carrera, cura y vicario de la villa y doctrina de San Agustín de Talca, certifico, y doy fe, la necesaria en derecho, que el día veinte del mes de enero de mil setecientos ochenta y tres años, en la iglesia parroquial de esta villa de talca, puse óleo y crisma, y bauticé sub conditione, a un niño llamado Bernardo O’Higgins, que nació en el Obispado de la Concepción, el día veinte del mes de agosto de mil setecientos setenta y ocho, hijo del Maestre de Campo General de este Reino de Chile y Coronel de los Reales Ejércitos de Su Majestad, don Ambrosio O’Higgins, soltero, y de una señora principal de aquel Obispado, también soltera, que por su crédito no ha expresado aquí su nombre. El cual niño Bernardo O’Higgins está a cargo de don Juan Albano Pereira, vecino de esta villa de Talca, quien me expresa habérselo remitido su padre, el referido don Ambrosio O’Higgins, para que cuide de su crianza, educación y doctrina correspondiente, como consta de su carta, que para este fin le tiene escrita, y existe en su poder, bajo de su firma; encargándole asimismo que ordene estos asuntos de modo que en cualquier tiempo pueda constar su hijo.
Y lo bauticé sub conditione por no haberse podido averiguar si estaría bautizado cuando lo trajeron; o si sabría bautizar el que lo bautizaría, ni quienes serían sus padrinos de agua, para poder tomar razón de ellos si estaría bien bautizado. Padrinos de óleo y crisma, y de este bautizo condicionado, fueron el mismo don Juan Albano Pereira, que lo tiene a su cargo, y su esposa doña Bartolina de la Cruz; y para que conste dí esta en estos términos, de pedimento verbal del referido don Juan Albano Pereira, en esta villa de Talca, a veintitrés de enero de mil setecientos ochenta y tres años, y lo anoté en este libro para que sirva de partida que doy fe.
Don Pedro Pablo de la Carrera.
Esta acta se encuentra a fojas 24 del Libro V de Bautismos de la Parroquia de San Agustín de Talca.

Pie de página:
(1) Archivo Nacional. ARCHIVO DE DON BERNARDO O’HIGGINS, TOMO I. Editorial Nascimiento, Santiago de Chile, 1946. Págs. 1 y 2.

Miércoles, 7 Agosto, 2013

EL COMBATE DE LA CONCEPCIÓN EN EL CONTEXTO DE LA CAMPAÑA DE LA SIERRA

Durante los días 9 y 10 de julio del presente año se conmemorará un aniversario más del combate de La Concepción, ocasión en la que nuevamente, en todos los regimientos de nuestro país, se llevará a cabo la ceremonia del Juramento a la Bandera.

Acerca del combate mencionado, mucho se ha escrito y comentado (y aún quedan muchos problemas de investigación por abordar), y no hay duda de que se trata de una efeméride que se halla inscrita en la memoria colectiva de los chilenos. Sin embargo, lo que quizás no es muy conocido en nuestra sociedad, fue el contexto en el cual se dio ese hecho de armas: nos referimos a la denominada “Campaña de la Sierra” (o “Campaña de la Breña”, para los peruanos), que constituyó la penúltima etapa de la Guerra del Pacífico.

No cabe ninguna duda acerca del sobrecogimiento que producen los testimonios contemporáneos respecto del combate de La Concepción; impactan tanto el sufrimiento como la violenta muerte que experimentaron todos esos efectivos (más un grupo de mujeres y niños) que estaban bajo las órdenes del capitán Ignacio Carrera Pinto. Sin embargo, cabe rescatar también las indecibles penurias por las que estaban pasando tanto los soldados como los oficiales chilenos en la sierra peruana, entre los cuales figuraban los hombres del destacamento que guarnecía el pueblo de La Concepción. No obstante lo anterior, aquello pasó más bien desapercibido para buena parte de la sociedad chilena después de la Campaña de Lima y todavía hoy es un tema bastante desconocido para muchos connacionales. Para muchos chilenos de esa época, como también para numerosas personas actualmente, prácticamente la Guerra del Pacífico terminó con la entrada a Lima de las tropas chilenas pertenecientes al Ejército de Operaciones del Norte, encabezadas por el General Manuel Baquedano; y lo que vino después fue como un apéndice de lo primero. Pero la realidad muestra un panorama muy sombrío que en su época varios chilenos advirtieron, mientras que hoy lo saben quienes cultivan el estudio y la investigación de la historia militar chilena, más exactamente de la Guerra del Pacífico.

Con el término de la Campaña de Lima, finalizó la primera fase de la Guerra del Pacífico, que es la más conocida; a continuación vino un período muy oscuro, que, temporalmente, fue más largo que el primero y respecto del cual tuvo unas características muy distintas:

“Hasta la campaña de Lima la contienda asumió formas caballerescas. Salvo hechos aislados, los ejércitos procedieron con la hidalguía propia de contendores civilizados. En cambio en las campañas de la sierra el hombre ancestral aparece con sus modalidades siniestras. Y si eso no alcanza a excusarlo todo dentro de una concepción elevada de la justicia y de la humanidad, es preciso descender a los detalles para apreciar cada caso imparcialmente.” (1)

Si bien Chile se había posesionado de la capital peruana, lo cierto es que aún no dominaba la mayor parte del territorio peruano. Toda la zona del interior, tanto la sierra como la cuenca amazónica, se hallaban libres del dominio chileno. En el caso de la sierra, en esta última pululaban las fuerzas militares peruanas que habían huido hacia el interior, las que eran apoyadas por la población local, compuesta esta última en su mayoría por indígenas serranos. Esto último hizo que la guerra se volviera muy irregular, ya que fuerzas del Ejército de Chile tuvieron que operar con sus homólogas peruanas, auxiliadas estas últimas por numerosos contingentes guerrilleros. En ese contexto, todas las normas de lo que en esa época se consideraba una “guerra civilizada”, ya no se respetaron; esto último dio a las acciones de la Campaña de la Sierra un rasgo de violencia y de barbarie inusitados.

“La continuación de la Guerra del Pacífico tendrá un carácter diverso del ya conocido. El Ejército exhibirá otras virtudes. Permanecerá cerca de tres años en el país vencido, bajo la admirable dirección del Vicealmirante Patricio Lynch, que mereció ser llamado «El mejor Virrey del Perú». Luchará ese Ejército con los rigores del clima y con la hostilidad de los hombres, sin desviarse de la más severa disciplina, y cuando los acontecimientos lo obliguen, penetrará a la abrupta y quebrada Sierra y sofocará todos los centros de resistencia del enemigo.” (2)

Gonzalo Bulnes describe este panorama de guerra irregular desde el punto de vista de las fuerzas militares contendientes:

“La contienda perdió su fisonomía de lucha regular. Hubo un ejército al cual tal vez se podría aplicar este calificativo si hubiera operado solo, el que formó Cáceres en 1882 y el de Arequipa, pero este último no tuvo figuración porque no hizo operaciones activas. En cambio el de Cáceres luchó hasta su total extinción, y perdió su carácter propio porque llevaba consigo una masa numerosa y salvaje de indios que guerreaban con sus métodos primitivos, sin sujetarse a ninguna regla civilizada y obligando a los contrarios, por retaliación, a proceder lo mismo.” (3)

A continuación, el mismo autor caracteriza a esta guerra de forma muy cruda:

“Cuando se cortan los miembros de los prisioneros, cuando detrás del soldado uniformado va el salvaje armado de un cuchillo para decapitar al herido, no hay derecho de exigir las garantías humanitarias que la civilización establece. Esto ocurría con el ejército de Cáceres, lo cual explica la dureza implacable con que en ciertas ocasiones el general Lynch le aplicó las reglas más duras de la justicia militar”. (4)

Esas características de irregularidad y salvajismo quedaron plasmadas en uno de los partes elevados por uno de los jefes militares chilenos, con ocasión del mismo combate de La Concepción:

“Se dice que cuando el enemigo en grueso número entró al cuartel, la porfía y encarnizamiento de la defensa fue horrible; dando por resultado la muerte de toda la guarnición, incluso sus oficiales, sin que quisiesen rendirse por nada, a pesar de que se les gritaba que lo hicieran y que nada se les haría.” (5)

Más adelante, el mismo oficial señaló:

“El armamento y vestuario fue llevado por el enemigo, dejando los cadáveres en completa desnudez, con el objeto quizás de que pudiéramos ver las horrorosas mutilaciones con que la saña del salvaje se había cebado en los cuerpos ya sin vida de esos mártires de su abnegación y patriotismo.” (6)

En el caso específico de este mismo hecho de armas, la lucha sin compasión se advirtió también en la muerte de las mujeres y de los niños que estuvieron junto a la guarnición comandada por Ignacio Carrera Pinto. Un testimonio contemporáneo a este hecho de armas señaló:

“En efecto, las cuatro mujeres fueron horriblemente sacrificadas. Perecieron en medio de los más crueles martirios, como lo manifiestan sus mutilados cadáveres. Ni aun las dos inocentes criaturas escaparon a la saña de aquellos cobardes chacales. El niñito de cinco años estaba horrorosamente degollado y mutilado. La criatura de horas tenía nada menos que seis lanzazos.” (7)

Estos rasgos de crudeza no deben extrañar al lector, precisamente cuando se está en el contexto de una guerra muy irregular, como la que se está tratando. En este tipo de conflicto es normal que todas las partes cometan excesos: eso ocurrió antes de la Guerra del Pacífico, como cuando, en el contexto de las Guerras napoleónicas en Europa, los franceses experimentaron el rigor de las guerrillas españolas, a partir del año de 1808; y también después, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes padecieron la guerra de partisanos dentro del territorio soviético que habían invadido.

Sumado a lo anterior, las tropas chilenas también debieron sufrir las inclemencias de la naturaleza, debido al frío de la cordillera, las torrenciales lluvias y las copiosas nevazones, junto a las enfermedades frente a las cuales los chilenos no tenían defensas naturales. El resultado de todo esto fue uno de los episodios más tristes, pero también más significativos de la historia militar chilena:

“En esta nueva fase cambiará totalmente el escenario y los personajes. Las jornadas del Ejército chileno serán incidentalmente por el desierto de la costa, casi siempre por los caminos tortuosos de la montaña, defendidos por la rarefacción del aire, por el frío intenso, por el precipicio, por las rocas colgadas en las faldas de los cerros cortados a pique, echadas a rodar sobre las columnas en marcha. También cambiarán los hombres. La diplomacia tomará preeminencia sobre la espada. La parte esencialmente militar de la Guerra del Pacífico ha terminado y le sucederá un nuevo período lleno de proyecciones dramáticas y de memorables enseñanzas.” (8)

¿Por qué la Guerra del Pacífico se alargó tanto? Las causas fueron varias, pero una de las más importantes fue que, después de la toma de Lima, el poder político peruano quedó muy fraccionado; y, mientras las autoridades chilenas deseaban llegar a un acuerdo, literalmente no tenían un interlocutor que representara al Perú entero. La clase política y militar peruana se dividió, como fue el caso de los bandos pierolista y civilista, entre cuyos elementos habían muchos puntos de desacuerdo (quizás en lo único en que estaban de acuerdo era en no ceder ante las demandas chilenas); de hecho, así como las guerrillas peruanas hostilizaron a las tropas chilenas, los mismos bandos peruanos rivalizaron constantemente entre sí. Esta situación ha sido retratada por la historiografía de la siguiente forma:

“Tratando de establecer un interlocutor que les ayudara a salir del paso, la corriente peruana llamada «civilista», por oposición a la «pierolista», ofreció la Presidencia provisoria al abogado arequipeño Francisco García Calderón y esto dio esperanzas a los negociadores chilenos. Pronto se desencantaron, pues no se pudo avanzar con el nuevo Gobierno que, además, hizo prender en el Perú la mecha de la guerra civil.” (9)

A lo anterior habría que agregar la desafortunada intervención de las potencias extranjeras de la época (especialmente de los Estados Unidos), lo que sólo contribuyó a entorpecer el proceso encaminado a alcanzar la paz; y también a que en buena parte de la clase política chilena no había una real conciencia de lo mal que lo estaban pasando los soldados chilenos en el Perú.

En este sentido, el combate de La Concepción fue como “la punta de un témpano de hielo que flota en el mar”, ya que la historia de la Campaña de la Sierra está llena de muchos otros actos heroicos de parte de las tropas chilenas (y también peruanas) y, además, de los numerosos sufrimientos experimentados por nuestros uniformados. Los nombres de hechos de armas como Sangrar, Marcavalle, Tarma Tambo, Huamachuco, y muchos otros, dan testimonio de lo que fue esa lamentable realidad.

Cuando nuestros soldados juren ante la bandera, podrían, en la noche de su vigilia ante las armas, tener presente no sólo el recuerdo admirable que nos legaron los oficiales, clases, soldados, mujeres y niños que perecieron en la jornada de La Concepción, sino que también el sacrificio silencioso y la ofrenda de su propia vida que hicieron muchos otros chilenos a los que les tocó estar presentes en las durísimas jornadas de la Campaña de la Sierra. Todos ellos formaron parte de esa gran guarnición chilena que permaneció en territorio peruano después de la toma de Lima y hasta el año de 1884, encuadrados en cuerpos que han solido llamarse “los batallones olvidados”, precisamente debido a que su notable proeza fue bastante ignorada por sus contemporáneos en Chile y que todavía es bastante desconocida para muchos chilenos en el día de hoy.

Al rememorar estos hechos que ocurrieron hace aproximadamente ciento treinta años, no podemos dejar pasar la oportunidad de expresar nuestro anhelo de que esos sucesos nunca vuelvan a tener lugar. Con el Perú compartimos no sólo una frontera, sino que una historia en común que arranca desde los tiempos del Incario. Y en los tiempos actuales, cuando dentro del contexto latinoamericano ambos países marchan hacia el mismo objetivo, los motivos para desear la paz y la cooperación entre ellos sobran más que nunca.

Por
Eduardo Arriagada Aljaro.
Historiador PUC

PIE DE PÁGINAS
(1) Gonzalo Bulnes, Guerra del Pacífico. Tomo III. Valparaíso, Sociedad Imprenta y Litografía Universo, 1919, páginas 25 y 26.
(2) Gonzalo Bulnes y Oscar Pinochet de la Barra, Resumen de la Guerra del Pacífico. Santiago de Chile, Editorial del Pacífico, primera edición, 1976, página 205.
(3) Bulnes, Op. Cit., página 25.
(4) Bulnes, Op. Cit., página 25.
(5) Batallón Chacabuco 6º de Línea; de Marcial Pinto Agüero para el Coronel Comandante en Jefe de la División del Centro; Jauja, 12 de julio de 1882; contenido en Pascual Ahumada Moreno, Guerra del Pacífico. Tomo VII. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1982, página 190.
(6) Ibid.
(7) Correspondencia; del corresponsal al Editor de “El Mercurio”; Lima, 22 de julio de 1882; contenido en Pascual Ahumada Moreno, Guerra del Pacífico. Tomo VII. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1982, página 201.
(8) Bulnes y Pinochet de la Barra, Op. Cit., páginas 205 y 206.
(9) Bulnes y Pinochet de la Barra, Op. Cit., página 204.

Viernes, 5 Julio, 2013

Correspondencia entre el guerrillero realista Vicente Benavides y el jefe realista Juan Francisco Sánchez

Continuando con la difusión de documentos históricos relativos a la historia de Chile y a la historia militar chilena, se expone ahora el cuarto y último de los cuatro documentos que hemos seleccionado y que están guardados en un volumen del Fondo Ministerio de Guerra del Archivo Nacional Histórico, el cual contiene correspondencia sostenida entre Vicente Benavides (el muy conocido líder guerrillero realista que combatió a los patriotas chilenos en el marco de la campaña denominada “Guerra a Muerte”, sostenida en el sur del país) y el jefe militar realista Juan Francisco Sánchez.

Se pueden apreciar, entre otros aspectos, el valor que la autoridades realistas en América daban a la acción guerrillera impulsada por Benavides, en favor de la causa del Rey de España; también se advierte la colaboración que Benavides pudo obtener de los indígenas de la Frontera araucana, destinada a combatir a los patriotas; además, se percibe la ayuda que a Benavides y sus hombres les iba llegando por mar, para procurar su manutención y un adecuado armamento con el cual luchar.

Con esta fecha digo al comandante de
las fuerzas armadas del Rey,
capitán don Vicente Benavi-
des, lo siguiente:

“El día 1º del corriente ha
llegado a mis manos el oficio de
V. fecha 17 de abril próximo pasado
en que me comunica su situa-
ción actual de Yumbel con
ánimo de atacar a Concepción
y fuerza reunida en el Porte-
zuelo compuesta de los disper-
sos que no pudieron oponerse
a su arrogante y decidida
división, siguiendo en todo mis
instrucciones, cuya noticia me
ha sido muy plausible, y la
he celebrado por no haber te-
nido alguna desde mi sali-
da de Tucapel. La escasez
del Erario y municiones no
me permitieron mandar a
V. desde aquel campamento más
que las que le llevó Villagrán

[continúa en el reverso de la misma foja]
y desde la Imperial ofrecí
dirigirle lo que no pude __ [ilegible]
lizar por haber asaltado al
conductor de Valdivia Mena [al parecer] ___ [ilegible]
los naturales de Cura y Tirúa, los
que le obligaron a retirarse has-
ta Toltén habiéndole robado
mucho añil. Azócar regresa
a esa hasta encontrar
a V. con la mayor brevedad
dándole la noticia, de que por
la goleta “Alcance” que acaba
de llegar a esta del Callao
y debe es recalar a Tubul
o Lebu recibirá V. quinien-
tos pesos en plata, cuatro far-
dos de azúcar, un tercio de
yerba, uno id. de añil, doce
piedras de sal, dos resmas
de papel, dos quintales de
fierro, treinta docenas de
pañuelos de gasa, seis car-
gas de municiones y qui-
nientas piedras de chispa,
no yendo fusiles, ni sables
por no haberlos en la actua-
lidad. Esta determinación
es la más segura para que

[continúa en la siguiente foja]
prontamente reciba V. auxilios,
pues por tierra en la ac-
tual estación no podrían lle-
gar en un mes, e irían expues-
tos: no obstante se harán
sus esfuerzos para verificarlos
con frecuencia según se pueda y
lo permita el estado del erario
que aunque ha recibido algo
de Lima es poco para las mu-
chas atenciones del ejército. Por
disposición del Excmo. Sr. Virrey
del Perú queda la División
Española unida a este ejército,
y se están organizando los
cuerpos y formando el primer
batallón de Cantabria, cuyo
coronel es don Fausto del
Hoyo. Es sumamente interesan-
te el que se continúe por esa
provincia la guerra contra
los insurgentes a lo que V. de-
be pretender sin esperar a que
derribado el coloso de Buenos
Aires, contra quien ya esta-
rá inmediato el Real Ejército
que debió de salir de Cádiz y
que venga contra Chile toda la
fuerza unida de nuestras armas

[continúa en el reverso de la misma foja]
para exterminar de una vez
el germen revolucionario. Yo
no tardaré en volver a esa pro-
vincia, pero iré bien acompaña-
do según dije en Angol, en Tu-
capel y por todo el camino
a los naturales, asegurándo-
selo con toda verdad. Esta
plaza necesitaba refuerzo por
su mucha importancia y porque
la División Española podría
tener destino por el Excmo. Sr.
Virrey, a quien recomendaré el
mérito de V. y haré lo mis-
mo con todos, de los que V.
me informe sean acreedores
a grados y cruces, pues así
también me lo encarga el
citado Sr. Virrey para cuan-
tos pelean con fidelidad en
ese territorio. Quisiera que
V. me pasara noticia de cuan-
tos individuos se hallan incor-
porados en la división de su
mando, de los que desde Angol
se separaron de los cuerpos del
país y de la División Peninsu-
lar para ponerlos en revista

[continúa en la siguiente foja]
como empleados en esa provincia y
que gozen su haber, con cuyo co-
nocimiento se sabrá también
a los que andan dispersos, o se ha-
yan pasado al enemigo. Por
mi parte dará V. gracias a
esos soldados valientes, a quie-
nes luego me uniré, dándome
Dios vida y salud. El capitán
Juan Sáenz que vino de guía
en nuestra marcha regresó a
esa, y lleva oficios para V. y co-
mandante de Arauco. Azócar
lo encontró en Toltén y en
mal tiempo dilatará su viaje.”

Lo que transcribo a V. para su
inteligencia y gobierno en caso de algún
accidente desgraciado que pudiera
sobrevenir al citado Benavides.

Dios guarde a V. muchos años.
Cuartel general, Valdivia, 5 de mayo de 1819.
Juan Francisco Sánchez.
[rúbrica]

Sr. comandante de Arauco
Don Juan Millán

FUENTE: Cuartel General, comunicación, de Juan Francisco Sánchez para Juan Millán, Valdivia, 5 de mayo de 1819; contenido en Volumen 52, “Documentos relacionados con Vicente Benavides, 1817 – 1822”, Fondo del Ministerio de Guerra, Archivo Nacional Histórico, fojas 27, 28 y 29.

Miércoles, 26 Junio, 2013

Correspondencia entre Vicente Benavides y el jefe realista Juan Francisco Sánchez. 3ª Parte

Continuando con la difusión de documentos históricos relativos a la historia de Chile y a la historia militar chilena, se expone ahora el tercero de cuatro documentos que hemos seleccionado y que están guardados en un volumen del Fondo Ministerio de Guerra del Archivo Nacional Histórico, el cual contiene correspondencia sostenida entre Vicente Benavides (el muy conocido líder guerrillero realista que combatió a los patriotas chilenos en el marco de la campaña denominada “Guerra a Muerte”, sostenida en el sur del país) y el jefe militar realista Juan Francisco Sánchez.

Se pueden apreciar, entre otros aspectos, el valor que la autoridades realistas en América daban a la acción guerrillera impulsada por Benavides, en favor de la causa del Rey de España; también se advierte la colaboración que Benavides pudo obtener de los indígenas de la Frontera araucana, destinada a combatir a los patriotas; además, se percibe la ayuda que a Benavides y sus hombres les iba llegando por mar, para procurar su manutención y un adecuado armamento con el cual luchar.

"El día 1º del corriente ha llega-
do a mis manos el oficio de
V. de 17 de abril próximo pasado
en que me comunica su situa-
ción actual de Yumbel con áni-
mo de atacar a Concepción, y
fuerza reunida en el Portezue-
lo, compuesta de los dispersos
que no pudieron oponerse a
su arrogante y decidida divi-
sión, siguiendo en todo mis ins-
tracciones, cuya noticia me
ha sido muy plausible y la
he celebrado por no haber te-
nido ninguna, desde mi sali-
da de Tucapel.

La escasez del era-
rio y municiones no me
permitieron mandar a V.
desde aquel campamento mas
que las que le llevó Villa-
grán, y desde la Imperial
ofrecí dirigirle, lo que no pu-

[continua en el reverso de la misma foja]

de realizar por haber asal-
tado al conductor de Valdi-
via ____ [ininteligible], los naturales de
Cura y Tirúa, que le obligaron
a retirarse hacia Toltén, ha-
biéndole robado mucho añil.

Azócar regresa a esa
hasta encontrar a V. con la
mayor brevedad, dándole la
noticia de que la goleta es-
pañola “Alcance”, que acaba
de llegar a esta del Callao y
debe de recalar a Tubul. De [según parecer]
Lebu recibirá V.M. quinien-
tos pesos en plat, cuatro
fardos de azúcar, un tercio
de yerba, un zurrón de añil,
doce piedras de sal, dos res-
mas de papel, dos quintales
de fierro, treinta docenas
de pañuelos de gasa, seis car-
gas de municiones y quinien-
tas piedras de chispa, no tra-
yendo fusiles, ni sables por
no haberlos en la actuali-
dad.

Esta determinación es
la más segura para que pron-

[continúa en la siguiente foja]

tamente reciba V. auxilios; pues
por tierra en la actual
estación no podrían llegar
en un mes, e irían expues-
tos; no obstante, se harán
sus esfuerzos para verifi-
carlos con frecuencia, según
se pueda y lo permita el
estado de esta tesorería, que
aunque ha recibido algo de Li-
ma, es poco para las mu-
chas atenciones del ejército.

Por disposición del
Excelentísimo Sr. Virrey del Perú, que-
da la División Española uni-
da a este ejército y se están or-
ganizando los cuerpos y for-
mando el primer batallón de Canta-
bria, cuyo coronel es don Fa-
usto del Hoyo.

Es sumamente intere-
sante el que se continúe por
esa provincia la guerra contra
los insurgentes, a lo que V.
debe pretender sin esperar
a que derribado el coloso de
Buenos Aires, contra quien

[continúa en el reverso de la misma foja]

ya estará inmediato el Real
Ejército que debió de salir de
Cádiz y que venga contra
Chile toda la fuerza unida
de nuestras armas, para ex-
terminar de una vez el
germen revolucionario.

Yo no tardaré en
volver a esa provincia, pero
iré bien acompañado, según
dije en Angol, en Tucapel
y por todo el camino a
los naturales, asegurándo-
selo con toda verdad.

Esta plaza necesita-
ba refuerzo por su mucha
importancia y porque la Di-
visión Española podría te-
ner destino por el Excmo. Sr.
Virrey, a quien recomenda-
ré el ejército de V.M. y ha-
ré lo mismo con todos los de-
más de que V.M. me informe
sean acreedores a grados y
cruces, pues así me lo en-
carga también el citado Sr.
Virrey, para cuantos pelean
con fidelidad en ese territorio.

[continúa en la siguiente foja]

Quisiera que V. me
pasara noticia de cuantos
individuos se hallan incor-
porados en la división de su
mando, de los que desde
Angol se separaron
de los cuerpos del país
y de la división penin-
sular para ponerlos en
revista, como empleados en
esa provincia y que gozen
su haber, con cuyo conocimiento
se sabrá también los que
andan dispersos, o se ha-
yan pasado al enemigo.

Por mi parte da-
rá V. gracias a todos esos
soldados valientes, a quie-
nes luego me uniré, dán-
dome Dios vida y salud.

El capitán Juan Sáenz
que vino de guía en nuestra [al parecer]
marcha, regresó para esa
y lleva oficios para V. y
comandante de Arauco

[continúa en el reverso de la misma foja]

Azócar lo encontró en
Toltén y en mal tiempo __ [ilegible]
dilatará su viaje.

Dios guarde a V. muchos años.
Valdivia 4 en el mayo de 1879.
Juan Francisco Sánchez.
[rúbrica]

Sr. don Vicente Benavides, comandante en
la guerra armada del Rey de la frontera
de Chile

P.D.
Acompaño a V. una copia
de las señales que debe hacer la
goleta “Alcance”, cuando arribe a las
costas de Arauco y Lebu; y ten-
go remitido una copia al comandante
de Arauco para su gobierno, y de
las vigías destinadas en aquellos
puntos para recibir el cargamento
según se lo prevengo.

Le incluyo a V.M. también una
proclama, para que sacando algunas
copias, las haga correr entre
esos vecinos y gentes, a fin
de entusiasmarlos.
[rúbrica]"

FUENTE: Comunicación, de Juan Francisco Sánchez para Vicente Benavides, Valdivia, 4 de mayo de 1879; contenido en Volumen 52, “Documentos relacionados con Vicente Benavides, 1817 – 1822”, Fondo del Ministerio de Guerra, Archivo Nacional Histórico, fojas 23, 24, 25 y 26.

Miércoles, 19 Junio, 2013

Correspondencia entre Vicente Benavides y el jefe realista Juan Francisco Sánchez. 2ª Parte

Desde mi salida de Tuca-
pel hasta ahora que ya
llegó hace días el Ejército
a esta plaza nada he
sabido de las partidas
que han quedado en la
Frontera desde Santa
Bárbara hasta Arauco,
y el mismo Tucapel: espe-
ro que por algún con-
ducto seguro de español
o indio me comunique
V.M. con extensión cuanto
ocurra de particular
y hubiere ocurrido tanto

[continúa en el reverso de la misma foja]

en la Frontera, cuanto
entre los enemigos, su
fuerza, ___ [ininteligible], y si-
tuación, abriendo co-
rrespondencia entre esa
línea y nosotros, a fin
de dar parte de todo
a V. M. y al Excelentísimo
Sr. Virrey para su
conocimiento y auxilio
que pueda hacer
a esos oficiales y tropa
benemérita participan-
te.

Nuestro viaje ha
sido algo penoso por
la muchedumbre, y
malísimos caminos

[continúa en la siguiente foja]

pero no por los indios
que, desengañados de los
embustes de bribones
y pícaros han contribui-
do abundantemente con
víveres, venden mulas y
caballos y ____ [ininteligible] las
causas en los ríos, que-
dando completamente con-
tentos y adictos al
Soberano.

Por un sargento de
Valdivia, que quedó en
Angol y se ha presen-
tado hace cinco días,
tardando en el viaje
15, he sabido la __
__ [ininteligible] de los pehuenches
en la Laja, parece [al parecer] de

[continúa en el reverso de la misma hoja]

Yumbel, y la montonera
de Santa Fé, conservando
los angolinos una com-
pleta inacción en ___ [ininteligible]
Biobío.

Tenemos noticia de ha-
ber salido buques ene-
migos al mar: por ahí
sabrá V.M. su derrota.

Alguna vez haré
extraordinario para
oficiar y auxiliar
a V.M. en cuanto pue-
da.

Dios guarde a V.M. muchos
Años. Valdivia, 15 de
Abril de 1819.
Juan Francisco Sánchez

Sr. comandante de la
Frontera don Vicente Bena-
Vides.

[vuelta al anverso de la primera foja]

El capitán de amigos
Juan __ [ininteligible] Sáez, lleva
algunas cartas para
varios individuos de esas
inmediaciones, deben
abrirse delante de V.M.
para leerlas los sujetos
a quienes se dirigen,
exceptuando las del Sr.
___ [ininteligible], y de algún otro
sujeto muy caracteri-
zado; y si fuese alguna
para aquellos que tienen
nota de insurgentes, no
se les entregarán, reser-
vándolas [al parecer] : esto conviene
mucho

Sánchez (1)

FUENTE:
1.- Comunicación, de Juan Francisco Sánchez para Vicente Benavides, Valdivia, 15 de abril de 1819; contenido en Volumen 52, “Documentos relacionados con Vicente Benavides, 1817 – 1822”, Fondo del Ministerio de Guerra, Archivo Nacional Histórico, fojas 21 y 22.

Jueves, 6 Junio, 2013

*CORRESPONDENCIA ENTRE VICENTE BENAVIDES Y EL JEFE REALISTA JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ. 1ª PARTE.*

Nos han sido muy gratas las
noticias que V. me comunica de
la derrota del enemigo en dos
ocasiones, que he mandado pu-
blicar en el ejército para satisfac-
ción de los buenos servido-
res del Rey, dando a V. mis
expresiones de afecto y que la
comunique a la tropa de su
mando, recomendando todo
el tiempo oportuno a S.
M.

Tenía mandado por la par-
te de Angol el adjunto
oficio; pero habiéndomelo
devuelto el conductor sin
haberlo entregado ni dirigi-
do, lo vuelvo a remitir con
el objeto de indagar el pa-
radero de los desertores
que se contienen en la nota

[continúa en la siguiente foja]

que acompaño.

Deseo saber y es preciso San
Carlos, Santa Bárbara y otros
parajes de la Frontera.

Por ahora se halla el ejército
en este destino. Por ___ [ilegible]
no hay novedad según noti-
cias recientes que tengo de a-
quella plaza.

Dios guarde a V. muchos años. Cam-
pamento en el Molino de Tuca-
pel, 27 de febrero de 1819.

Juan Francisco Sánchez

P.D.
No ha __ [ininteligible] __ [ininteligible] desertor
alguno de la División
Española, no de la tropa
de marina, remitiéndo-
los a su ejército asegura-
dos, como toda arma
que tengan de ellos los
naturales. Mándame
también la noticia
de fuerza de tropa y
milicias que tiene en
su división.

[rúbrica]

Sr. capitán don Vicente
Benavides, comandante de
las guerrillas de la Frontera.

FUENTE:
Campamento en el Molino de Tucapel, comunicación, Tucapel, 27 de febrero de 1819, de Juan Francisco Sánchez para Vicente Benavides; contenido en Volumen 52, “Documentos relacionados con Vicente Benavides, 1817 – 1822”, Fondo del Ministerio de Guerra, Archivo Nacional Histórico, foja 20.

Miércoles, 29 Mayo, 2013

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