ASALTO Y DESTRUCCIÓN DE LA CIUDAD DE SANTIAGO

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Jueves, 11 Septiembre, 1541

11 de Septiembre de 1541.

Tres horas antes del amanecer del día 11 de septiembre de 1541, los centinelas de la ciudad de Santiago dieron la voz de alarma para alertar a los vecinos. Indios sublevados que aprovechaban la ausencia de Pedro de Valdivia, que había marchado junto con noventa soldados para aplacar una insurrección indígena en el sur, se dejaban caer sobre la ciudad.

El mando de la ciudad en aquellos momentos había caído sobre Alonso de Monroy, el segundo al mando de Pedro de Valdivia, y fiel a su carácter, este soldado había tomado todas las precauciones para proteger la ciudad con los recursos de los que disponía. Los indios “creían, sin duda, encontrar desapercibidos a los castellanos, y consumar en poco rato su completa destrucción. Pero los defensores de Santiago estaban sobre aviso, y en breves instantes todos los defensores de Santiago estaban sobre las armas.”[1]

El asedio y defensa de la ciudad duró todo el día y de acuerdo a Barros Arana, fue feroz y tenaz, tanto de un lado como del otro, llegando a un punto álgido cuando Inés Suárez, la amante de Valdivia y la única mujer del grupo, quien entre que curaba a los heridos y animaba a los soldados, decidió decapitar a siete caciques que se encontraban presos en la ciudad, llevándolo a cabo con la ayuda de otros soldados. Las cabezas fueron arrojadas sobre la indiada, provocando espanto entre sus filas.

El ataque continuó durante todo el día y lo que realmente determinó el curso del combate fue una carga de la caballería castellana, que involucró tanto a los soldados, como a los indios auxiliares y a Inés Suarez. “Dieron a los pelotones de bárbaros tan terrible carga que los dispersaron en todas direcciones haciendo entre ellos una espantosa carnicería. La noche vino a poner término a la jornada y a la persecución de los fugitivos.”[2]

Este ataque supuso la pérdida total de la ciudad de Santiago. A la llegada de Valdivia, quien regresó en cuanto pudo, se encontró con una desolación tal que nada había quedado en pie y a los defensores de Santiago con lo puesto. “Del combate de ese día, y del incendio de la ciudad, solo salvaron tres porquezuelas y un cochinillo, un pollo y una polla”[3] de los que se dispuso fueran cuidados con extremo celo.

Santiago habría de ser reconstruida con muchísimo esfuerzo.

Nota al pie:
[1] Barros Arana, Diego. “Historia General de Chile. Tomo I.” Rafael Jover Editor. Santiago, 1884. pp. 242.
[2] Ídem. pp. 244.
[3] Ídem. pp.247.