ASALTO Y DESTRUCCIÓN DE CHILLÁN

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Sábado, 9 Octubre, 1599

9 de Octubre de 1599

La reciente insurrección de la población indígena de 1598, había mantenido a todas las gentes del reino de Chile en constante inquietud. Esto dio como resultado que gran parte del año que le siguió, 1599, no fuese de los más tranquilos. Las posiciones españolas estaban reducidas a determinados puntos del territorio, tales como Angol, La Imperial y Villarrica, pero durante aquél tenso invierno no se sucedieron hechos de armas de proporciones que hicieran lamentar un desastre similar al levantamiento ocurrido el año anterior.

Los indígenas se habían mantenido en relativa paz tras la insurrección de 1598. Su modo de vida y trato entre las distintas familias impidió que se cohesionaran de mejor manera para enfrentar a los invasores. Esta aparente calma fue aprovechada por los españoles para hacer correrías por el reino y aplicar toda clase de castigos y venganzas en contra de la población indígena, en represalia por los ataques sufridos y así pacificarlos, de manera tal que no volvieran a levantarse contra ellos.

Con los indígenas siendo “pacificados” de esta manera, la población de Chillán pronto volvió a recuperar su ritmo de vida. La paz les hizo descuidados, los hombres regresaron a trabajar a sus estancias y desatendieron la disciplina y deberes militares, a tal punto de dejar inconcluso el fortín que habían comenzado a construir. Dejaron de estar alertas al peligro, confiados en que no les atacarían de nuevo.

Dos horas antes del amanecer del 9 de octubre, estando la ciudad dormida y con inicial sigilo, el cacique Quilacán se dejó caer sobre Chillán al mando de dos mil hombres que había reunido en los bosques cercanos. Al entrar en la ciudad no tardaron en comenzar a dar gritos de guerra, chivateos, y encender fuego a los techos de paja, generando un gran temor en la población, pues quienes huían de las llamas eran perseguidos sin tregua. Los soldados se armaron como y con lo que pudieron echar mano, corrían en todas direcciones tratando de sortear los ataques y llegar hasta puntos en donde poder defender mejor la ciudad, lo cuál era particularmente difícil considerando que el ataque no venía de una sola dirección, sino de varias a la vez. “Mientras unos se recogían en el fuerte, otros se reconcentraban en la iglesia mayor, desde donde rompieron el fuego de arcabuz y lograron contener al enemigo, causándole la muerte a alguno de sus guerreros.”[1]

Al clarear el día quedó en evidencia la magnitud del ataque. Con la mayor parte de la ciudad estando presa del caos, los indígenas saquearon cuanto pudieron antes de emprender la retirada, llevándose con ellos unos treinta prisioneros entre hombres, mujeres y niños, depredando además los campos cercanos antes de refugiarse en los bosques cercanos, amparados por el fuerte temporal que se dejó caer y que impidió toda persecución posible.

El general Francisco Jufré se encontraba por entonces en la ciudad de Chillán a cargo de su defensa, e hizo lo que pudo tras tomarse el fuerte inconcluso, en donde resistió el ataque hasta la mañana, cuando, llegada la oportunidad, salió en persecución de los atacantes, a quienes intentó dar alcance a como diera lugar. “Pocas horas más tarde recibió un refuerzo inesperado de veinte hombres que mandaba el capitán Tomás Olavarría. Era éste el primer contingente de tropas que enviaban los vecinos de Santiago a requisición del Gobernador.” [2] El mencionado contingente había estado acampando en las cercanías del río Ñuble cuando oyeron los arcabuces resonando en la oscuridad de la noche, y al intuir el motivo de ello, rápidamente se pusieron en camino para ir en defensa de Chillán. No lograron llegar a tiempo para repeler el ataque, pero junto con el general Jufré organizaron una columna de unos cuarenta jinetes que diera caza a los indígenas.

Dos días estuvieron tras los que huían, pero este difícil esfuerzo dio poco fruto. El clima y las ventajas que les llevaban los indígenas, que iban sobre buenos caballos y se movían con más agilidad sobre el terreno, impidieron a Jufré darles alcance. Tuvo que regresar a Chillán, tras haber matado a siete indígenas rezagados y rescatado a una de las españolas cautivas.

Debido a la poca previsión del general Francisco Jufré en prevenir este desastre, el gobernador don Francisco de Quiñones le quitó el mando de las armas de Chillán, asignándoselo en su lugar al capitán Miguel de Silva.

Academia de Historia Militar

NOTAS AL PIE:
[1] Barros Arana, Diego. “Historia General de Chile. Tomo III.” Editorial Nascimiento, 2ª Edición. Santiago 1931. p. 289
[2] Ídem. p.290