COMBATE DE CONCEPCIÓN Y CAMPAÑA DE LA SIERRA

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Viernes, 5 Julio, 2013

EL COMBATE DE LA CONCEPCIÓN EN EL CONTEXTO DE LA CAMPAÑA DE LA SIERRA

Durante los días 9 y 10 de julio del presente año se conmemorará un aniversario más del combate de La Concepción, ocasión en la que nuevamente, en todos los regimientos de nuestro país, se llevará a cabo la ceremonia del Juramento a la Bandera.

Acerca del combate mencionado, mucho se ha escrito y comentado (y aún quedan muchos problemas de investigación por abordar), y no hay duda de que se trata de una efeméride que se halla inscrita en la memoria colectiva de los chilenos. Sin embargo, lo que quizás no es muy conocido en nuestra sociedad, fue el contexto en el cual se dio ese hecho de armas: nos referimos a la denominada “Campaña de la Sierra” (o “Campaña de la Breña”, para los peruanos), que constituyó la penúltima etapa de la Guerra del Pacífico.

No cabe ninguna duda acerca del sobrecogimiento que producen los testimonios contemporáneos respecto del combate de La Concepción; impactan tanto el sufrimiento como la violenta muerte que experimentaron todos esos efectivos (más un grupo de mujeres y niños) que estaban bajo las órdenes del capitán Ignacio Carrera Pinto. Sin embargo, cabe rescatar también las indecibles penurias por las que estaban pasando tanto los soldados como los oficiales chilenos en la sierra peruana, entre los cuales figuraban los hombres del destacamento que guarnecía el pueblo de La Concepción. No obstante lo anterior, aquello pasó más bien desapercibido para buena parte de la sociedad chilena después de la Campaña de Lima y todavía hoy es un tema bastante desconocido para muchos connacionales. Para muchos chilenos de esa época, como también para numerosas personas actualmente, prácticamente la Guerra del Pacífico terminó con la entrada a Lima de las tropas chilenas pertenecientes al Ejército de Operaciones del Norte, encabezadas por el General Manuel Baquedano; y lo que vino después fue como un apéndice de lo primero. Pero la realidad muestra un panorama muy sombrío que en su época varios chilenos advirtieron, mientras que hoy lo saben quienes cultivan el estudio y la investigación de la historia militar chilena, más exactamente de la Guerra del Pacífico.

Con el término de la Campaña de Lima, finalizó la primera fase de la Guerra del Pacífico, que es la más conocida; a continuación vino un período muy oscuro, que, temporalmente, fue más largo que el primero y respecto del cual tuvo unas características muy distintas:

“Hasta la campaña de Lima la contienda asumió formas caballerescas. Salvo hechos aislados, los ejércitos procedieron con la hidalguía propia de contendores civilizados. En cambio en las campañas de la sierra el hombre ancestral aparece con sus modalidades siniestras. Y si eso no alcanza a excusarlo todo dentro de una concepción elevada de la justicia y de la humanidad, es preciso descender a los detalles para apreciar cada caso imparcialmente.” (1)

Si bien Chile se había posesionado de la capital peruana, lo cierto es que aún no dominaba la mayor parte del territorio peruano. Toda la zona del interior, tanto la sierra como la cuenca amazónica, se hallaban libres del dominio chileno. En el caso de la sierra, en esta última pululaban las fuerzas militares peruanas que habían huido hacia el interior, las que eran apoyadas por la población local, compuesta esta última en su mayoría por indígenas serranos. Esto último hizo que la guerra se volviera muy irregular, ya que fuerzas del Ejército de Chile tuvieron que operar con sus homólogas peruanas, auxiliadas estas últimas por numerosos contingentes guerrilleros. En ese contexto, todas las normas de lo que en esa época se consideraba una “guerra civilizada”, ya no se respetaron; esto último dio a las acciones de la Campaña de la Sierra un rasgo de violencia y de barbarie inusitados.

“La continuación de la Guerra del Pacífico tendrá un carácter diverso del ya conocido. El Ejército exhibirá otras virtudes. Permanecerá cerca de tres años en el país vencido, bajo la admirable dirección del Vicealmirante Patricio Lynch, que mereció ser llamado «El mejor Virrey del Perú». Luchará ese Ejército con los rigores del clima y con la hostilidad de los hombres, sin desviarse de la más severa disciplina, y cuando los acontecimientos lo obliguen, penetrará a la abrupta y quebrada Sierra y sofocará todos los centros de resistencia del enemigo.” (2)

Gonzalo Bulnes describe este panorama de guerra irregular desde el punto de vista de las fuerzas militares contendientes:

“La contienda perdió su fisonomía de lucha regular. Hubo un ejército al cual tal vez se podría aplicar este calificativo si hubiera operado solo, el que formó Cáceres en 1882 y el de Arequipa, pero este último no tuvo figuración porque no hizo operaciones activas. En cambio el de Cáceres luchó hasta su total extinción, y perdió su carácter propio porque llevaba consigo una masa numerosa y salvaje de indios que guerreaban con sus métodos primitivos, sin sujetarse a ninguna regla civilizada y obligando a los contrarios, por retaliación, a proceder lo mismo.” (3)

A continuación, el mismo autor caracteriza a esta guerra de forma muy cruda:

“Cuando se cortan los miembros de los prisioneros, cuando detrás del soldado uniformado va el salvaje armado de un cuchillo para decapitar al herido, no hay derecho de exigir las garantías humanitarias que la civilización establece. Esto ocurría con el ejército de Cáceres, lo cual explica la dureza implacable con que en ciertas ocasiones el general Lynch le aplicó las reglas más duras de la justicia militar”. (4)

Esas características de irregularidad y salvajismo quedaron plasmadas en uno de los partes elevados por uno de los jefes militares chilenos, con ocasión del mismo combate de La Concepción:

“Se dice que cuando el enemigo en grueso número entró al cuartel, la porfía y encarnizamiento de la defensa fue horrible; dando por resultado la muerte de toda la guarnición, incluso sus oficiales, sin que quisiesen rendirse por nada, a pesar de que se les gritaba que lo hicieran y que nada se les haría.” (5)

Más adelante, el mismo oficial señaló:

“El armamento y vestuario fue llevado por el enemigo, dejando los cadáveres en completa desnudez, con el objeto quizás de que pudiéramos ver las horrorosas mutilaciones con que la saña del salvaje se había cebado en los cuerpos ya sin vida de esos mártires de su abnegación y patriotismo.” (6)

En el caso específico de este mismo hecho de armas, la lucha sin compasión se advirtió también en la muerte de las mujeres y de los niños que estuvieron junto a la guarnición comandada por Ignacio Carrera Pinto. Un testimonio contemporáneo a este hecho de armas señaló:

“En efecto, las cuatro mujeres fueron horriblemente sacrificadas. Perecieron en medio de los más crueles martirios, como lo manifiestan sus mutilados cadáveres. Ni aun las dos inocentes criaturas escaparon a la saña de aquellos cobardes chacales. El niñito de cinco años estaba horrorosamente degollado y mutilado. La criatura de horas tenía nada menos que seis lanzazos.” (7)

Estos rasgos de crudeza no deben extrañar al lector, precisamente cuando se está en el contexto de una guerra muy irregular, como la que se está tratando. En este tipo de conflicto es normal que todas las partes cometan excesos: eso ocurrió antes de la Guerra del Pacífico, como cuando, en el contexto de las Guerras napoleónicas en Europa, los franceses experimentaron el rigor de las guerrillas españolas, a partir del año de 1808; y también después, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes padecieron la guerra de partisanos dentro del territorio soviético que habían invadido.

Sumado a lo anterior, las tropas chilenas también debieron sufrir las inclemencias de la naturaleza, debido al frío de la cordillera, las torrenciales lluvias y las copiosas nevazones, junto a las enfermedades frente a las cuales los chilenos no tenían defensas naturales. El resultado de todo esto fue uno de los episodios más tristes, pero también más significativos de la historia militar chilena:

“En esta nueva fase cambiará totalmente el escenario y los personajes. Las jornadas del Ejército chileno serán incidentalmente por el desierto de la costa, casi siempre por los caminos tortuosos de la montaña, defendidos por la rarefacción del aire, por el frío intenso, por el precipicio, por las rocas colgadas en las faldas de los cerros cortados a pique, echadas a rodar sobre las columnas en marcha. También cambiarán los hombres. La diplomacia tomará preeminencia sobre la espada. La parte esencialmente militar de la Guerra del Pacífico ha terminado y le sucederá un nuevo período lleno de proyecciones dramáticas y de memorables enseñanzas.” (8)

¿Por qué la Guerra del Pacífico se alargó tanto? Las causas fueron varias, pero una de las más importantes fue que, después de la toma de Lima, el poder político peruano quedó muy fraccionado; y, mientras las autoridades chilenas deseaban llegar a un acuerdo, literalmente no tenían un interlocutor que representara al Perú entero. La clase política y militar peruana se dividió, como fue el caso de los bandos pierolista y civilista, entre cuyos elementos habían muchos puntos de desacuerdo (quizás en lo único en que estaban de acuerdo era en no ceder ante las demandas chilenas); de hecho, así como las guerrillas peruanas hostilizaron a las tropas chilenas, los mismos bandos peruanos rivalizaron constantemente entre sí. Esta situación ha sido retratada por la historiografía de la siguiente forma:

“Tratando de establecer un interlocutor que les ayudara a salir del paso, la corriente peruana llamada «civilista», por oposición a la «pierolista», ofreció la Presidencia provisoria al abogado arequipeño Francisco García Calderón y esto dio esperanzas a los negociadores chilenos. Pronto se desencantaron, pues no se pudo avanzar con el nuevo Gobierno que, además, hizo prender en el Perú la mecha de la guerra civil.” (9)

A lo anterior habría que agregar la desafortunada intervención de las potencias extranjeras de la época (especialmente de los Estados Unidos), lo que sólo contribuyó a entorpecer el proceso encaminado a alcanzar la paz; y también a que en buena parte de la clase política chilena no había una real conciencia de lo mal que lo estaban pasando los soldados chilenos en el Perú.

En este sentido, el combate de La Concepción fue como “la punta de un témpano de hielo que flota en el mar”, ya que la historia de la Campaña de la Sierra está llena de muchos otros actos heroicos de parte de las tropas chilenas (y también peruanas) y, además, de los numerosos sufrimientos experimentados por nuestros uniformados. Los nombres de hechos de armas como Sangrar, Marcavalle, Tarma Tambo, Huamachuco, y muchos otros, dan testimonio de lo que fue esa lamentable realidad.

Cuando nuestros soldados juren ante la bandera, podrían, en la noche de su vigilia ante las armas, tener presente no sólo el recuerdo admirable que nos legaron los oficiales, clases, soldados, mujeres y niños que perecieron en la jornada de La Concepción, sino que también el sacrificio silencioso y la ofrenda de su propia vida que hicieron muchos otros chilenos a los que les tocó estar presentes en las durísimas jornadas de la Campaña de la Sierra. Todos ellos formaron parte de esa gran guarnición chilena que permaneció en territorio peruano después de la toma de Lima y hasta el año de 1884, encuadrados en cuerpos que han solido llamarse “los batallones olvidados”, precisamente debido a que su notable proeza fue bastante ignorada por sus contemporáneos en Chile y que todavía es bastante desconocida para muchos chilenos en el día de hoy.

Al rememorar estos hechos que ocurrieron hace aproximadamente ciento treinta años, no podemos dejar pasar la oportunidad de expresar nuestro anhelo de que esos sucesos nunca vuelvan a tener lugar. Con el Perú compartimos no sólo una frontera, sino que una historia en común que arranca desde los tiempos del Incario. Y en los tiempos actuales, cuando dentro del contexto latinoamericano ambos países marchan hacia el mismo objetivo, los motivos para desear la paz y la cooperación entre ellos sobran más que nunca.

Por
Eduardo Arriagada Aljaro.
Historiador PUC

PIE DE PÁGINAS
(1) Gonzalo Bulnes, Guerra del Pacífico. Tomo III. Valparaíso, Sociedad Imprenta y Litografía Universo, 1919, páginas 25 y 26.
(2) Gonzalo Bulnes y Oscar Pinochet de la Barra, Resumen de la Guerra del Pacífico. Santiago de Chile, Editorial del Pacífico, primera edición, 1976, página 205.
(3) Bulnes, Op. Cit., página 25.
(4) Bulnes, Op. Cit., página 25.
(5) Batallón Chacabuco 6º de Línea; de Marcial Pinto Agüero para el Coronel Comandante en Jefe de la División del Centro; Jauja, 12 de julio de 1882; contenido en Pascual Ahumada Moreno, Guerra del Pacífico. Tomo VII. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1982, página 190.
(6) Ibid.
(7) Correspondencia; del corresponsal al Editor de “El Mercurio”; Lima, 22 de julio de 1882; contenido en Pascual Ahumada Moreno, Guerra del Pacífico. Tomo VII. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1982, página 201.
(8) Bulnes y Pinochet de la Barra, Op. Cit., páginas 205 y 206.
(9) Bulnes y Pinochet de la Barra, Op. Cit., página 204.

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