LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y EL RELOJ DE PULSERA

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Lunes, 6 Abril, 2015

La guerra, sin duda, es una de las relaciones básicas del hombre con el hombre. El instinto guerrero atraviesa los ecos de la historia con un idéntico afán: exterminar al enemigo, o mejor, la fuerza que él ostenta, para imponerle la propia voluntad. Este instinto es tan humano, tan inherente a la naturaleza del hombre, que no nos equivocamos al afirmar que ha sido, desde los primeros documentos escritos, y aún mucho antes, uno de los temas predominantes con los que la literatura, la poesía, las canciones y la historia –oral y escrita- se han provisto.
Karl von Clausewitz, en su obra “De la guerra” (Vom Kriege), -publicado en 1832, si bien un compendio inacabado es de lectura obligatoria para adentrarnos en esta ciencia- nos señala que para entender la guerra no partiremos de una visión afectada y deforme de la misma, sino que consideraremos sólo su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala ampliada, si imaginamos a un mismo tiempo los incontables duelos aislados que forman una guerra, la podríamos representar como dos luchadores que tratan cada uno de imponer su voluntad sobre el otro por medio de la fuerza física; su propósito inmediato es derribar al adversario y de ese modo incapacitarlo para ofrecer mayor resistencia. En consecuencia, “la guerra es un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario”.
La guerra de 1914-1918 representó la desastrosa apertura del trágico siglo XX. No sólo por la terrible estela de muertos y devastación que dejó tras de sí; no sólo por las injusticias, las frustraciones, los gérmenes de nuevas guerras que, después del fracaso de la Paz de Versalles, heredaron los europeos y los demás pueblos, sino porque dio origen a una cultura bélica, del odio y de la barbarie. Sin embargo, desde la otra vereda, los avances en distintos campos fueron y son indiscutibles y tremendamente productivos y beneficiosos.
Siguiendo esta línea de pensamiento y siempre bajo el concepto de la guerra, entendemos que, la fuerza, al enfrentarse con la fuerza, se sirve de las creaciones del arte, de la ciencia y del genio o ingenio humano. Así, “…genio es la habilidad para obtener la victoria cambiando y adaptándose según el oponente”. Esta frase, del estratega chino Sun Tzu, fue escrita hace más de 2.000 años en su gran obra “El arte de la guerra”.
A lo largo de los siglos, la carrera armamentística ha desafiado el ingenio, la inventiva y la imaginación de los hombres desde que uno de ellos tomó por vez primera una piedra o un palo en un momento de furia. En consecuencia, la tecnología militar ha estado siempre a la vanguardia de la investigación científica. Ha sido un proceso continuo pero marcado por saltos conceptuales, como el paso de golpear a alguien con un objeto a arrojárselo, para luego idear un mecanismo que lanzara todavía más lejos. Por tanto, no es relevante si el primer multiplicador de fuerza consistió en una honda, una cerbatana o un átlatl. Lo que importa es que el ser humano aprendió a llegar más lejos en el lanzamiento al tiempo que se mantenía a cubierto y así sucesivamente, trascendiendo muchas veces más allá de su papel como armas para convertirse en símbolos de prestigio y longevidad.
En efecto, para el éxito militar, resulta clave adaptarse a circunstancias cambiantes, porque en la guerra la victoria depende más del ingenio, la inventiva y la innovación que de la fuerza bruta. Ese espíritu indomable de superar todas las adversidades, burlar al enemigo y desarrollar nuevas ideas es el objeto principal de esta serie de artículos relacionados con los avances en investigación y desarrollo ocurridos durante la Primera Guerra Mundial en este centenario que abarca los años 1914 a 1918 y que iniciamos con el “Reloj de Pulsera”.
Hoy muchas personas prefieren ver la hora en un teléfono celular y ya no llevan consigo un reloj de pulsera. El reloj portátil ha sufrido muchas transformaciones desde su creación. Y los actuales, en su mayoría, son una combinación de estilo, tecnología y funcionalidad. Pero esto no siempre fue así.
Las grandes civilizaciones definieron con gran exactitud las estaciones del año y predijeron el tiempo explorando el firmamento. A medida que se fueron desarrollando, la medida del tiempo fue tomando mayor notabilidad, desarrollándose técnicas cada vez más complejas para conseguir una medida precisa de tiempo. Sin embargo, los relojes eran propiedades privadas y, exclusivas para la más alta sociedad, dado el alto coste de su fabricación. No es hasta el advenimiento de la industrialización cuando los relojes se sitúan al alcance de la humanidad en general.
En 1504, Peter Henlein produjo por primera vez un reloj portátil. Si bien era fácil de llevar, de ninguna manera era exacto ya que el movimiento de caminar afectaba su capacidad para controlar el tiempo en forma correcta. En el siglo XIX, Patek Philippe crea del reloj de pulsera pero, siempre de uso femenino como accesorio y pieza decorativa. A su vez, los hombres llevaban relojes de bolsillo que sincronizaban con las campanadas de la iglesia más cercana.
El uso del reloj de bolsillo durante las guerras europeas o coloniales permitió sincronizar asaltos y obedecer las órdenes del alto mando con enorme exactitud para evitar bajas en las propias filas. Primero entraba en funcionamiento la artillería, y a una hora determinada, se ponía en macha la infantería. De ahí nació la famosa frase “sincronicen los relojes”.
Al iniciarse las hostilidades de la Primera Guerra Mundial, -la guerra que acabaría con todas las guerras- los ejércitos se dieron cuenta de que los soldados no podían distraerse echando un vistazo a su reloj de bolsillo. En el fragor del combate, era ridículo meter la mano en el bolsillo para sincronizar los tiempos. Además, con el peso de los morrales y las armas, los relojes de bolsillo eran una molestia más. Por eso, se popularizaron los relojes de pulsera. No era la primera vez que se usaban en un conflicto pues en la Segunda Guerra de los Bóers (1898-1902) en las actuales Sudáfrica y Suazilandia, el ejército británico recurrió a los relojes de pulsera. Al finalizar esa guerra, se disipó el hábito.
Fue así como la Gran Guerra sirvió para retomar la costumbre y su aceptación marcaría un punto de inflexión en la evolución de los relojes, tal y como los conocemos hoy y los legitimó para siempre. Los relojes de pulsera se popularizaron en ambos bandos. Especialmente en los pilotos de aviones de combate, quienes, por aquella época, y dado lo reducido de sus instrumentos de abordo o la inexistencia de ellos en un principio, hacían necesario el reloj para realizar mediciones rápidas y de gran relevancia. El pionero de la aviación brasileña Alberto Santos-Dumont pidió a su amigo y relojero parisino Louis Cartier que le fabricara un reloj que pudiera llevar en la muñeca. Cartier Santos es por tanto uno de los primeros modelos de reloj de pulsera que existieron para caballeros. Le seguiría Wilsdorf con Rolex y la Hamilton Watch Company. Otros relojes continuarían haciendo su aparición, los de Zenith y los Longines.
En los distintos frentes, muchos de aquellos primitivos “pulseras” llevaban protecciones metálicas para el cristal, que se conocieron como “relojes de trinchera”, por razones más que obvias…
Mientras que los relojes militares de décadas venideras serán adquiridos por los gobiernos y sus FF.AA. y entregados a las tropas, durante la Gran Guerra los soldados normalmente compraron relojes de su propio peculio.
El ejército norteamericano comenzó usando los relojes de pulsera en 1915 (como el Waltham yanqui). Cuando EE.UU. entró a la guerra en 1917, su Signal Corps recibe “pulseras” creados por Zenith. El Departamento de Guerra británico obtuvo una pequeña cantidad de “pulseras” en 1917 para “test”. Todos esos modelos llevaban esferas esmaltadas negras y números luminoso de radio. A finales de la guerra, en todos los “pulsera” se introdujeron una novedad que hoy todos conocemos: las agujas fosforescentes. Se aplicó a la esfera y a las manecillas un compuesto radiactivo y sulfuro de zinc para que los soldados no tuvieran que encender las linternas de noche para consultar la hora porque así eran pasto de los francotiradores enemigos. A los soldados se les permitió conservar los relojes de pulsera una vez liberados de las FF.AA. Así fue como, este elemento se convirtió en una parte esencial de la cultura popular.

Por Javier Vargas Guarategua
Miembro Académico de la Academia de Historia Militar de Chile

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