EL MAYOR SALVO Y LA DEFENSA DE LOS CAÑONES EN LA BATALLA DE SAN FRANCISCO DE DOLORES

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Miércoles, 19 Noviembre, 1879

José de la Cruz Salvo Poblete, era un hombre al que su época pareció preparar para enfrentar los hechos por los que tomaría renombre y fama. Nació en 1842, siendo hijo de José Ignacio Salvo y de Manuela Poblete. Quedó huérfano de padre a temprana edad, cuando en 1845 éste perdió la vida en California, mientras buscaba oro. Ingresó a la Recoleta Dominica para su enseñanza primaria y luego entró a la Escuela Militar, de donde se graduó como alférez de artillería el 4 de octubre de 1860. Durante diez años cumplió funciones en la Araucanía, contribuyendo de este modo a la pacificación de la zona, dando ejemplo de especial valor y arrojo, sobre todo en la campaña de La Imperial, en donde incluso fue capaz de repeler una fuerza indígena que les atacaba en Pulimallén. Por sus dotes y actos, fue recomendado por sus superiores y asignado como Escolta de Honor de los restos de Bernardo O’Higgins, cuando éstos se repatriaron al país. Tras su retiro de las filas estudió leyes, titulándose el 6 de septiembre de 1870, y desde esta nueva tribuna comenzó a ser partícipe activo en la vida pública nacional.(1)

Fue entonces cuando estalló la guerra y don José de la Cruz Salvo obedeció al llamado de la Patria, regresando a las filas del Ejército.

“Al comienzo, debió desempeñarse como Director del Parque de Artillería, en Antofagasta”(2) , y en los devenires de la guerra se encontró en momentos cruciales de la misma, siempre haciendo gala de su asertiva personalidad y de la formación obtenida a lo largo de su vida. Fue así como el 19 de noviembre de 1879, se encontraba en el lugar en donde se libraría la llamada batalla de San Francisco de Dolores.

Un poco de contexto al respecto. La victoria obtenida durante el asalto y toma del puerto de Pisagua (sucedido el 2 de noviembre de 1879), de nada hubiera servido si el Ejército no hubiera perseverado en asegurar dicha posición y las interiores. Ante todo, tenía que protegerse el acceso al puerto por parte de las tropas chilenas, y a la vez el indispensable acceso al agua, tan necesaria para sobrevivir las extremas condiciones que impone el desierto. Por este motivo el Ejército había iniciado una serie de reconocimientos hacia el interior del territorio, con el único afán de asegurar las posiciones chilenas en Pisagua y obtener datos sobre como procederían hacia el interior; además de imponerse de los movimientos de los enemigos.

Pero así como avanzaban los chilenos, también lo hacían los aliados, y pronto estuvieron frente a frente en San Francisco de Dolores, acomodándose en las posiciones más favorables que pudieran encontrar para dar una buena pelea, esperando la orden que desatara los fuegos. El enfrentamiento era inevitable: sería el primer gran enfrentamiento de los participantes de la guerra en un campo de batalla.

Aquél día quiso la Providencia que el entonces sargento mayor Salvo se encontrara al mando de una unidad de artillería. Fue quien dio inicio al combate, al disparar un cañonazo a las tropas aliadas, con la autorización de su jefe, el coronel Amunátegui. “He nombrado a Salvo. El papel prominente que desempeñó ese día hace necesario designar el personal de oficiales que lo acompañó. Salvo tuvo a sus órdenes 8 oficiales y 54 sirvientes en las piezas. Aquellos fueron, el capitán don Pablo Urízar, el ayudante don Diego A. Argomedo, el encargado de la sección Krupp teniente don Eduardo Sanfuentes, los alféreces don Guillermo Armstrong, don Juan García Valdivieso, don Guillermo Nieto, don Jenaro Freire y don Eraclio Alamos.”(3)

El campo de batalla había sido acomodado para dar especial énfasis al uso de la artillería. Gonzalo Bulnes, en su historia sobre la Guerra del Pacífico, deja claro que no se sabe quien fue la mente preclara que se percató de este hecho(4) , pero que intuye que la distribución de las piezas debió ser obra de Velázquez. Desde el mismo principio fue una lucha encarnizada en la que todo pudo salir muy mal o muy bien.

En medio de la lucha, la posición de Salvo corrió severo peligro. “El incidente decisivo de la batalla en el lado que mandaba Buendía fue el asalto de las compañías guerrilleras (…) a la posición de Salvo. Esas compañías llegaron hasta las piezas que no tenían sino 63 defensores de jefe a soldado. La Infantería estaba lejos”(5) , Salvo y sus hombres tuvieron que defenderse con lo que podían, aguantando las oleadas de enemigos que se les abalanzaban encima sin poder hacer uso de los cañones, debido a que se acercaban desde un punto ciego. El combate por la defensa de estas piezas incluyó lucha cuerpo a cuerpo, duelo de carabinas y revólveres, para pasar al uso de las bayonetas, sables y corvos cuando comenzaron a escasear las municiones. Durante aquél largo momento de tensión, el mayor Salvo animaba con energía a sus hombres a hacer frente al enemigo, dando ejemplo de coraje y decisión en la lucha por la defensa de los cañones; y al mismo tiempo que se ocupaba en este afán, enviaba a por refuerzos.

“El Batallón Atacama que era el más próximo, no vio probablemente el ataque en el primer momento”(6) , pero ni bien tuvieron noticias del trance en el que se encontraba la batería del mayor Salvo, acudieron con denuedo en ayuda de esta, arrojándose y uniéndose a la defensa de las piezas con tenaz decisión. Lograron de este modo hacer retroceder a los enemigos, pero ni bien se reorganizaron éstos, atacaron de nuevo la posición. Esta vez el Atacama, con su jefe a la cabeza y algunos soldados del Coquimbo, estaban allí para plantarles pelea, rechazándoles por segunda vez.

Y por tercera vez fueron atacados.

Los Aliados, quienes también habían obtenido refuerzos, embistieron una vez más decididos a acabar con la posición de Salvo y quedarse con los cañones, pero sus defensores no les permitieron su cometido. En un feroz duelo de bayonetas soldados de ambos bandos se deslizaron por la ladera del cerro, revueltos unos con otros, pero poniendo en fuga a los aliados, quienes se retiraron por la división de la derecha, causando gran alarma en ella.

“Después de dos horas de combate, la moral de los atacantes decayó, iniciándose una prematura retirada de su caballería, lo que precipitó finalmente la retirada aliada en dirección al sur, hacia la oficina salitrera de Porvenir. Cuando el combate terminaba, llegó el general Escala con refuerzos provenientes de Pisagua.”(7)

Por
Carolina Herbstaedt M.
Licenciada en Historia UAI
Academia de Historia Militar.

NOTAS AL PIE:
1. Estado Mayor General del Ejército. “Galería de Hombres de Armas, Tomo II.” Barcelona Empresa Industrial Gráfica. Santiago. S/F. p. 249
2. Ídem.
3. Bulnes, Gonzalo. “Guerra del Pacífico. De Antofagasta a Tarapacá.” Sociedad Imprenta y Litografía Universo. 1911. p. 619
4. Ídem.
5. Ídem. p. 624
6. Ídem.
7. Academia de Historia Militar. “Atlas Histórico y Militar de Chile.” Ediciones Academia de Historia Militar. Santiago de Chile. Agosto de 2010. p. 138.