FUNDACIÓN ESCUELA MILITAR

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Domingo, 16 Marzo, 1817

Estamos ad portas de un nuevo aniversario de fundación de la Escuela Militar. Durante el año en curso, esta escuela matriz del Ejército cumple nada más y nada menos que 199 años desde que O’Higgins la fundase en 1817 y en sus casi doscientos años de existencia, ha estado marcada por todo tipo de peripecias que la han llenado de una mística especial y que la han convertido en lo que es en el día de hoy: formadora de los jóvenes quienes desde su titulación como oficiales de Ejército pasarán a integrar las filas a las que su vocación les ha llamado, como tantos otros antes que ellos y que han sabido llenar de lustre las armas de la Patria.

El proceso que finalmente llevó a la fundación de la Escuela Militar se remonta a antes de su creación propiamente tal. La fundación de un instituto que formase oficiales estuvo presente desde los años de la Primera Junta Nacional de Gobierno. Ya durante la Patria Vieja, y sobre todo a partir de 1811, surgieron voces que pedían una instrucción militar más acabada de sus ciudadanos y de quienes debían formar las filas del Ejército, principalmente en la forma de un colegio militar establecido que entregase los conocimientos adecuados, opinión a la que incluso el entonces capitán de ingenieros Juan Mackenna O’Reilly adhería, tal como lo explicitó en su memorial.[1] Además existieron otros llamados para que los hombres de entre dieciséis y sesenta años que fueran aptos se enrolasen en los distintos cuerpos militares para principiar su formación militar.

Por otro lado, también estaba presente el interés de algunos parlamentarios de dotar al Instituto Nacional, próximo a su creación, de los ramos militares que fueran pertinentes, teniendo en cuenta que en aquellos momentos las finanzas públicas no permitían la creación de un instituto que se dedicase a impartirlos.[2] La Aurora de Chile hizo eco de este anhelo en marzo de 1812, cuando, entre otras personalidades, “Agustín Vial abogaba porque el gobierno extendiera sus miras al futuro y se preocupara de proporcionar a sus habitantes una educación no solo civil sino también militar.”[3]

Si bien en el momento de su puesta en marcha el Instituto Nacional fue dotado de los ramos militares tan ansiados, esta iniciativa no prosperó debido a la sorpresiva y prematura muerte del profesor a cargo de aquellos cursos y pronto fueron eliminados. Pero la necesidad de formar militarmente al ciudadano medio no quedó en el olvido y considerándose esto como una necesidad imperativa, se insistió en el tema. Fue entonces cuando se emitió la orden para que la Compañía de Jóvenes Granaderos, al mando de Juan José Carrera, se convirtiera en la Compañía de Jóvenes del Estado y que se encargase de este modo de formar a los primeros oficiales.[4] Lamentablemente, debido al desastre de Rancagua ocurrido en octubre de 1814, y a la consiguiente restauración del poder monárquico en Chile, esta iniciativa quedó en el aire sin llegar a buen puerto. De acuerdo a Nicanor Molinare, se registró una única lista de revista de comisario con su respectivo ajuste del mencionado colegio militar, documentos fechados los días 9 y 11 de julio respectivamente.[5]

Tras la batalla de Chacabuco en 1817 y la instalación del gobierno chileno con O’Higgins a la cabeza como su Director Supremo, la necesidad de crear un ejército nacional propiamente tal tomó prioridad. Esto era de particular interés, si consideramos que el Ejército de Los Andes que había cruzado la cordillera y dado la cara ante las fuerzas realistas, estaba compuesto principalmente de efectivos argentinos; los chilenos que formaban parte de sus filas eran una minoría, lo que debía ser solucionado a la brevedad posible. Rápidamente O’Higgins tuvo a bien dar órdenes y disponer de los medios necesarios para la creación de un ejército propiamente chileno.

Pudo presentarse quizás un obstáculo. San Martín tenía órdenes de la Junta de Buenos Aires que le indicaban y permitían, una vez cruzado la cordillera, reclutar de entre la población local la suficiente gente que le permitiera mantener las plazas del ejército cubiertas, y también de crear unidades sueltas en tanto el gobierno de Chile no se instalara de manera regular. Se buscaba de este modo que el vigor de dicho ejército no menguase. Ya cuando este objetivo estuviera cumplido, se debían crear unidades compuestas por chilenos, al mando de oficiales argentinos y de confianza, existiendo además la instrucción de no permitir que hubiese en Chile una fuerza diferente y superior al del Ejército de los Andes.[6]

No obstante estos recelos de Buenos Aires, O’Higgins continuó en su afán. Ya planeaba desde antes la creación de un ejército nacional de proporciones similares a la del Ejército de Los Andes, para que ambos pudiesen emprender la campaña contra el Virreinato de Lima y así neutralizar la amenaza realista en el continente. El prócer se abocó de inmediato a la tarea ni bien asumió el gobierno y pronto comenzaron a organizarse unidades que completaban sus plazas sin mayores problemas, pese a los problemas y obstáculos que surgieron a medida que transcurrían los días y se intentaban implementar las órdenes dadas para la consecución de este fin. Con este objetivo en curso, otra noción comenzó a tomar precedencia.

La idea de que solo podría asegurarse la independencia del país si se contaba con tropas disciplinadas regulares y propias cobraba cada vez más importancia, pero la instrucción militar de los ciudadanos del país no era la mejor, si es que la tenían. El Director Supremo retomó entonces la noción de dar una instrucción militar más acabada a los chilenos, poniendo en marcha “una idea menos ambiciosa, pero más realista que las planteadas durante la Patria Vieja”[7] .

“O’Higgins que en las campañas de 1813 y 1814 había palpado los inconvenientes de las tropas indisciplinadas que componían nuestro primer ejército, y que en el campamento de Mendoza, en el paso de Los Andes y en la batalla de Chacabuco había podido medir la importancia de las tropas regulares, quería que el nuevo ejército poseyese la más cabal instrucción militar que fuera posible darle. Por decreto del 16 de marzo, mandó abrir una escuela militar.”[8] En primera instancia lo que se buscaba con la fundación de esta academia era algo bastante más aterrizado y acorde con la realidad por la que en esos momentos atravesaba la naciente república. Se pretendía que en el plazo de seis meses, fueran formados los oficiales y clases con los conocimientos básicos en el manejo de tropas, táctica y estrategia, con las bases necesarias para el desempeño de los cargos administrativos que correspondieran a los diferentes puestos en un ejército profesional. Se decretó además que nadie podría servir en las filas sin haber pasado y aprobado los cursos de dicha escuela.[9] “Como debe suponerse, no se trataba de dar allí una instrucción teórica literaria o científica. El objeto principal, por ahora, decía aquél decreto, es formar buenos oficiales de infantería y caballería dentro de seis meses que se verificarán los primeros exámenes”,[10] ya habría tiempo más adelante para perfeccionar la formación que se les diera a los nuevos oficiales y clases, si las circunstancias así lo permitían. Lo esencial de momento era comenzar la instrucción.

Para cubrir las plazas de esta primera Academia Militar se recurrió a diferentes fórmulas. Se hizo un llamamiento público a los jóvenes a integrarse a sus filas, “se abolieron las categorías de cadetes en los regimientos y se ordenó que quienes las integraban, pasaran a ser alumnos de la nueva institución.”[11 12] Se arregló un programa de estudios apropiado, adoptándose las tácticas de caballería e infantería publicadas en Francia el año 1792, con las modificaciones hasta 1815. En cuanto a lo propiamente militar, se decidió seguir la Real Ordenanza española de 1798, de acuerdo a como las extractase el director de la academia, y que además contase con la aprobación del Director Supremo.[13] La Academia Militar se instaló en una parte del convento de San Agustín que se encontraba en el centro de la ciudad, y tras superar la porfiada resistencia de los agustinos, y una serie de lamentables desaguisados que culminaron en el desalojo de los religiosos del edificio y su posterior traslado a la Recoleta Domínica para “continuar una vida verdaderamente monástica”[15], comenzó a funcionar bajo la dirección del sargento mayor de ingenieros español don Antonio Arcos.

En el tiempo establecido dicha Academia licenció a sus primeras promociones. Aquellos alumnos que llegaron con pocas, sino ninguna habilidad militar, se convirtieron en “individuos diestros en el manejo de las armas, en las maniobras de la tropa e instruidos en las voces de mando y en los deberes de la vida de cuartel y de campaña, que pasaron a ser excelentes instructores de soldados y que contribuyeron eficazmente a la organización de cuerpos perfectamente disciplinados que hicieron del ejército de Chile un verdadero poder militar.”[16] Especial mención merece el destacado teniente de caballería Jorge Beauchef, un oficial francés distinguido que por esos años llegaba a Chile y a quien le fue confiado el cargo de ayudante mayor de la Academia Militar, y que volcó toda su vasta experiencia en estos jóvenes que recién iniciaban sus pasos en la vida militar.

Tres fueron las secciones en las que se dividió la Academia. Una de éstas era la sección de cadetes, por la cuál se pagaba una colegiatura y para la que además existían becas para aquellos individuos que así lo merecieran; otra era la de sargentos y cabos, cuyos gastos corrían por parte del Estado; y última era la sección de oficiales agregados, esta última destinada al perfeccionamiento profesional de los oficiales que ya servían en las filas. El requisito básico para entrar a cualquiera de ellas era saber leer y escribir. “No se exigen más pruebas de nobleza que las verdades, que forman el mérito, la virtud y el patriotismo.”[17]

Paralelamente a la difícil puesta en marcha de la Academia Militar, la falta de alumnos siempre fue una constante en los primeros meses pese a los esfuerzos dedicados para revertir la situación, el proceso independentista continuaba su curso y todavía faltaba sellar la libertad definitiva del territorio. Después de diciembre de 1817, llegaron al país considerables refuerzos realistas al sur y pronto pareció que la independencia peligraba. El engranaje de la historia se movía rápido y antes de que pasara mucho tiempo, los cadetes de la Academia Militar pronto tuvieron la oportunidad de probarse en combate.

La Batalla de Maipú estaba ad portas.

El 5 de abril de 1818 las fuerzas patriotas, lideradas por José de San Martín se enfrentaban contra los realistas al mando de Mariano Osorio. La patria peligraba especialmente, por lo que este enfrentamiento era decisivo para sellar o perder la independencia. Mientras ambos ejércitos se batían a duelo en Maipú, y por temor a que las fuerzas patriotas fueran sobrepasadas, O’Higgins tomó la iniciativa: sin importarle su estado de salud, había sido herido en la reciente derrota de Cancha Rayada, decidió presentarse en el campo de batalla, siendo su primera intención fue dejar la defensa de Santiago en manos de las milicias y de los alumnos de la Academia Militar, pero éstos “no estuvieron de acuerdo con su decisión y ante sus reclamos el prócer reconsideró la resolución, y marchó con ellos hacia el campo de batalla.”[18]

O’Higgins se presentó a la lucha a la cabeza de los enfermos y heridos de Cancha Rayada que habían decidido seguirlo y con las Cien Águilas, los cadetes que lo acompañaron repartidos en dos compañías bajo el mando del director subrogante de la Academia, coronel Manuel Labarca y del mayor Manuel Silva. Al momento de su arribo, una división de las fuerzas realistas comenzaban a refugiarse en Casas de lo Espejo con la esperanza de resistir allí la noche, pero la llegada de estos refuerzos supuso un brusco cambio de planes. Venían frescos, con ansias de vengar a los caídos y de consolidar de una buena vez la independencia del país. Se produjo una feroz persecución que solo se detuvo con la llegada de la noche y con la certeza que la victoria era para las armas de Chile.

De este modo no solo se consolidaba la Independencia, sino que los alumnos de la Academia probaban los conocimientos entregados en su formación como oficiales y su valor en combate.

Por
Carolina Herbstaedt M.
Academia de Historia Militar.

NOTAS AL PIE
1. Molinare, Nicanor. “Los Colegios Militares de Chile. Tomo I. 1814 – 1819.” Imprenta Cervantes. 1911. pp. 44
2. Molinare. Op. Cit. p. 45
3. Duchens Bobadilla, Myriam (editora) “Escuela Militar del Libertador Bernardo O’Higgins. 190 años de Historia. 1817 – 2007.” Escuela Militar. 1ª Edición, agosto de 2007. pp. 19.
4. Molinare, Nicanor. Op. Cit. pp. 56 y ss.
5. Molinare, Nicanor. Op. Cit. pp. 64 – 66
6. Barros Arana, Diego. “Historia General de Chile. Tomo XI.” Rafael Jover, Editor. Santiago de Chile. 1890. pp. 27 – 28.
7. Duchens. Op. Cit. pp. 20
8. Barros Arana, Diego. Op. Cit. pp. 30
9. Academia Chilena de la Historia. “Archivo de Don Bernardo O’Higgins. Tomo IX.” Imprenta Universitaria. Santiago de Chile. 1951. p. 211. Artículo nº 1 del decreto de fundación de la Academia Militar expresa que “todo oficial de los no actualmente empleados de cualquier clase no puede ni debe aspirar a tener colocación en el Ejército sin que primero haya precedido su agregación a la Academia Militar.”
10. Barros Arana, Diego. Op. Cit. pp. 30
11. Duchens, Op. Cit. pp. 24
12. Archivo O’Higgins. Tomo IX. Op. Cit. p. 211. Artículo nº 2 del decreto de fundación de la Academia Militar expresa que “Queda enteramente abolida en los Regimientos la clase de Cadetes. Los que actualmente existan en los cuerpos del Ejército pasarán a la Academia Militar para ser promovidos; pues debe entenderse que desde este momento no hay otra escala, ni otro camino para salir a oficial que el de adquirir primero los conocimientos necesarios e indispensables para obtener y desempeñar este cargo distinguido.”
13. Archivo O’Higgins. Tomo IX. Op. Cit. p. 212
14. Academia Chilena de la Historia. “Archivo de don Bernardo O’Higgins. Tomo XXV.” Imprenta del Instituto Geográfico Militar. Santiago de Chile. 1964. p. 138 y ss.
15. Archivo O’Higgins. Tomo XXV. Op. Cit. p. 141
16. Barros Arana, Diego. Op. Cit. pp. 32
17. Archivo O’Higgins. Tomo IX. Op. Cit. p. 213
18. Duchens. Op. Cit. pp 29a