COMBATE DE MARCAVALLE Y PUCARÁ

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Domingo, 9 Julio, 1882

9 de julio de 1882.

*En la imagen, Estanislao del Canto, comandante de la División Expedicionaria*

La mañana del 9 de julio de 1882 le deparó una desagradable sorpresa a la guarnición chilena destacada en Marcavalle, un pequeño asentamiento ubicado al sur de Pucará en el centro de la Sierra peruana. Alertada por el sonido de detonaciones y disparos, la 4° Compañía del Batallón N°5 de Línea “Santiago” pronto vio su posición completamente rodeada por el revitalizado Ejército peruano. Contando con un núcleo de soldados profesionales formados en Ayacucho y la asistencia de un elevado número de batallones guerrilleros, la hueste agresora ascendía a alrededor de 2.000 combatientes bien armados y listos para presentar batalla[1] . Comandando el ataque se hallaba el mismísimo general Andrés Avelino Cáceres, principal organizador de la resistencia peruana contra la ocupación chilena y apodado “El Brujo de los Andes” por sus contrincantes. Bajo su dirección, la llamada Breña volvió a levantarse en armas contra invasión chilena en la última etapa de la Guerra del Pacífico.

Frente al furioso asalto frontal del batallón peruano “Tarapacá” y el nutrido fuego guerrillero proveniente de los cerros cercanos al campamento, la primera reacción del capitán Diógenes de la Torre, comandante provisional de Marcavalle, fue solicitar refuerzos vecinos para rechazar al enemigo. Pero pronto tuvo que cambiar su parecer frente al abrumador número de atacantes y las duras pérdidas que sufrían sus fuerzas, pereciendo el teniente José de la Cruz Retamal, el subteniente Elías Garay y 17 soldados de tropa a pocos minutos de haber iniciado el ataque. Aceptando la insostenibilidad de su posición y ordenando la retirada de su compañía, el capitán de la Torre se propuso quebrar el cerco enemigo y resguardarse en la vecina Pucará[2] .

Con este enfrentamiento, de una duración de apenas 15 minutos[3] , se dio comienzo al término de la Segunda Expedición a la Sierra, un proyecto de ardua realización y tristes resultados que tuvo su gestación a fines del año anterior.

A partir de la ocupación de Lima el 17 de enero de 1881 hasta la llegada a la presidencia de Domingo Santa María el 18 de septiembre del mismo año, las derrotadas fuerzas peruanas contaron con el tiempo suficiente para reorganizarse y presentar una nueva resistencia al Ejército de Ocupación del contralmirante Patricio Lynch. Amparándose en las alturas de la Cordillera de los Andes, el Ejército peruano se desplegó a lo largo de la Sierra y limitó el poderío de las autoridades militares chilenas a la costa. Viéndose imposibilitado para entablar un tratado de paz que añadiera el departamento de Tarapacá al territorio chileno, el recientemente electo presidente Santa María comunicó a sus representantes en Lima el deseo de enviar expediciones armadas al interior del país para aplacar a la resistencia y así hallarse en posición de emprender un arreglo beneficioso[4] . Después de mucha deliberación, se decidió enviar una división al valle de Jauja[5] en el extremo oeste del departamento de Junín, dónde Cáceres obtenía la mayoría de sus suministros y levantaba la resistencia más encarnizada.

Una tentativa similar ya había sido realizada bajo el mando del teniente coronel Ambrosio Letelier y gracias a ella el Estado Mayor comprendió que le hacían frente a un escenario drásticamente diferente al de las campañas anteriores. El teatro de operaciones era un entramado de altas montañas, extensos altiplanos y húmedos valles, en donde el cambio de estaciones se hacía sentir con todo su vigor y la falta de buenos caminos interfería en la coordinación de las operaciones. La mayoría de la población del territorio se hallaba contenida en pequeñas localidades desparramadas por el territorio y, en contra de lo esperado por Santa María[6] , no veían a las fuerzas chilenas como los necesarios restauradores del orden en reemplazo de los caudillos locales.

Para remediar estas dificultades se realizaron cambios en la estructura del Ejército de Ocupación y se adoptaron nuevas directivas para la siguiente expedición, con variado grado de éxito. Todos los regimientos en línea que conformaron la infantería fueron transformados en batallones, disminuyendo su número de integrantes para facilitar la dirección y el movimiento de cada unidad por los corredores andinos[7 – 8] . Mientras que este arreglo demostró ser efectivo, el Estado Mayor no hizo gala de la misma sensatez al tratar el tema del aprovisionamiento, el talón de Aquiles de los ejércitos del siglo XIX. Instituyendo que la expedición debía abastecerse principalmente de los recursos de la localidad[9] , las autoridades chilenas de Lima imprudentemente dieron rienda suelta a la tropa para cometer varios abusos sobre la población local y dieron paso a requisiciones forzadas de caballos, forraje y ganado. Tales prácticas lograron profundizar la brecha entre los pobladores serranos y las fuerzas de ocupación, aumentando el número de combatientes bajo la dirección de Cáceres.

La División Expedicionaria partió de Lima al inicio de enero de 1882, en un comienzo al mando del propio contralmirante Lynch. Compuesta por alrededor de 2.300 soldados[10] , sus objetivos iniciales eran irrumpir en el valle de Jauja, extender su control a lo largo del río Mantaro y enfrentar al ejército cacerista en una batalla definitiva. Este último cometido fue continuamente frustrado por el llamado Brujo, logrando Cáceres esquivar las maniobras envolventes de sus oponentes en Chosica, La Concepción y Huancayo. Sólo fue el 5 de febrero de 1882 que la División Expedicionaria, está vez al mando del coronel Estanislao del Canto, alcanzó la retaguardia de su enemigo, entablándose el primer combate de Pucará. Logrando ocupar la posición de su contrincante y forzando a Cáceres a retirarse por el sur a Ayacucho, el departamento de Junín quedó en manos del Ejército de Ocupación y la balanza pareció inicialmente inclinarse en favor de la posición chilena.

Pero el entusiasmo de la conquista pronto dio paso a la parte más rigurosa de la empresa: mantener el control del territorio conquistado. Siguiendo el cauce longitudinal del río Mantaro por alrededor de 250.000 kilómetros[11] y encajonado por gruesos ramales cordilleranos, el valle de Jauja comprendía un altiplano densamente poblado y profundamente dividido por el torrente antes mencionado. De acuerdo a los reportes de la época, habitaban en el departamento de Junín alrededor de 200.000 almas y cerca de 85% de ellas eran indígenas[12] . La División Expedicionaria hubo de replegarse a lo largo de una amplia línea militar defensiva, desde Cerro el Pasco al norte hasta Pucará y Marcavalle en el sur[13] , siendo estas últimas localidades regulares víctimas de las montoneras organizadas desde Ayacucho[14] .

Extendiéndose desde marzo hasta finales de junio de 1882, la segunda ocupación de la Sierra significó un serio revés para las fuerzas chilenas y fue objeto de arduas discusiones entre sus altos mandos. Las dispersas compañías que guarnecían las localidades serranas tuvieron que hacerle frente a guerrillas superiores en número y conocedoras del terreno, cuyos regulares ataques sorpresa terminaban antes que llegaran los auxilios vecinos y gradualmente desgastaron a la tropa. Esta situación de desamparo se vio potenciada por las incautaciones sobre la población civil, lo que terminó por incrementar la hostilidad hacia la presencia chilena. Mientras tanto, el Alto Mando de Lima se halló reticente a imponer cambios a la situación, temiendo que el retiro de tropas, si bien no comprometería su dominio sobre el país, fortalecería la posición del gobierno peruano de Lizardo Montero en Huaraz durante las negociaciones diplomáticas.

Lo que terminó por fijar el destino de la campaña fue la propagación del tifus entre las filas del ejército expedicionario, logrando diezmar a un cuarto de sus fuerzas. Infligiendo el mayor número de bajas en cuartel general de Huancayo y sus alrededores, la plaga terminó por convencer a Lynch y a los representantes presidenciales que los gastos invertidos en la empresa estaban sobrepasando ampliamente el dudoso beneficio obtenido con el vago control de un territorio tan extenso. Inicialmente consideraron suficiente el retroceso al norte de la línea militar hasta el poblado de La Concepción y el coronel del Canto fue ordenado abandonar Huancayo[15] , pero gradualmente tuvieron que aceptar la necesidad de abandonar el departamento completo. Sin embargo, en el mismo momento en que iban a materializarse estas disposiciones, la División Expedicionaria tuvo que hacerle frente al levantamiento general de la Sierra de julio de 1882.

Perfectamente informado por sus espías de la dispersa situación chilena y la paulatina retirada de sus fuerzas, el general Cáceres vislumbró en ella una oportunidad para iniciar una contraofensiva y hacer uso del ejército que había reunido en Ayacucho. Contando con alrededor de 4.000 efectivos, Cáceres aprovechó el período de desgaste de las fuerzas chilenas para organizar una hueste disciplinada, uniformada y completamente armada. Su primer objetivo fue el asalto de las guarniciones al sur de La Concepción con el grueso de sus fuerzas, mientras que la vanguardia al mando del coronel Juan Gastó, su principal subordinado, se dirigió al norte para contener los posibles refuerzos provenientes de la ciudad de Jauja[16] . Iniciando su ataque el mismo día en que el coronel del Canto planeaba abandonar Huancayo por La Concepción, los asentamientos de Marcavalle y Pucará recibieron a las 5:00 a.m. la directa embestida del renovado Ejército peruano.

Alertada por las detonaciones del enfrentamiento que estaba teniendo lugar en Marcavalle, la guarnición de Pucará envió inmediatamente refuerzos en auxilio de sus compatriotas y miembros de la 3° Compañía del Batallón N°5 de Línea “Santiago” defendieron exitosamente la retirada de las fuerzas dirigidas por el capitán de la Torre. Logrando contener el ataque peruano redirigido a Pucará con un gran número de bajas enemigas, la defensa chilena pronto obtuvo el soporte del resto del batallón “Santiago” proveniente de la vecina Sapallanga[17] y se retiró ordenadamente a esta localidad al cabo de una hora después. Para el momento en que el coronel del Canto llegó con el grueso de su división al lugar de los hechos, el enemigo se había dispersado con la misma fugacidad con la que había iniciado el combate. Fuera de un saldo de 12 heridos sumados al número de bajas, los únicos vestigios del combate realizado eran los cadáveres descuartizados de los soldados chilenos caídos en el conflicto[18] .

Las repercusiones del combate de Marcavalle y Pucará no se dieron a conocer en su totalidad hasta la mañana siguiente, habiéndose reanudado la retirada general hacia La Concepción el 10 de julio de 1882. La sorpresa y el horror del coronel del Canto fueron indescriptibles cuando halló la guarnición de dicha localidad completamente aniquilada, producto de un ataque sorpresa realizado el día anterior paralelamente a los hechos relatados. La columna peruana al mando del coronel Gastó, originalmente encargado de contener cualquier refuerzo proveniente del norte, decidió aprovechar la posición aislada del asentamiento y, sin la intromisión de ningún refuerzo externo, dio muerte a los 77 soldados chilenos que custodiaban el poblado. Con un gran abatimiento colgando sobre su tropa, la División Expedicionaria retomó su marcha a la ciudad de Tarma para proseguir con el abandono del valle de Jauja[19] .

Terminando de esta manera la Segunda Expedición a la Sierra, el saldo de la empresa fue mayoritariamente negativo. Contra lo deseado por el presidente Santa María y sus asesores, las constantes depredaciones de guarniciones mal aprovisionadas azuzó el descrédito de la ocupación chilena en la región y la hueste de Cáceres no logró ser erradicada. La División Expedicionaria perdió alrededor del 20% de su cuerpo original[20] , desgaste producido principalmente por la propagación de las enfermedades, y tuvo que empezar a hacerle frente a combates cada vez más encarnizados.

Sin embargo, la expedición también tuvo un impacto sobre la resistencia peruana, logrando el escalamiento de los combates producir un agotamiento en la población y el surgimiento de sectores dispuestos a terminar con la guerra sin importar el costo. Con la realización del llamado “Grito de Montán” el 31 de agosto de 1882, el gobierno de Chile obtuvo un apoyo peruano local por medio del cual celebrar el futuro Tratado de Ancón.

Por
José Miguel Olivares
Lic. en Historia UANDES
Academia de Historia MIlitar

NOTAS AL PIE:

1. Ahumada, Pascual; “Combates de Marcavalle y Pucará: partes oficiales inéditos, chilenos y peruanos, del 1°, 2° y 3° ataque a la guarnición chilena de ocupación”; Guerra del Pacífico – Tomos VII-VIII; Editorial Andrés Bello; Editorial Antártica S.A.; Santiago de Chile; 1982; Tomo VII; pp. 184-187.
2. Ibíd.
3. Así informado por el general Andrés Avelino Cáceres a Tomás Patiño, prefecto de Huancavelica. Ibíd.
4. Bulnes, Gonzalo; Guerra del Pacífico – Tomo III: Ocupación del Perú – La Paz; Sociedad Imprenta y Litografía Universo; Valparaíso, Chile; 1919; pp. 157 y 165-170.
5. Actualmente conocido como el Valle del Mantaro.
6. Bulnes, Gonzalo; Óp. cit.; p. 166.
7. Bulnes, Gonzalo; Óp. cit.; p. 262.
8. Estado Mayor General del Ejército; Historia del Ejército de Chile – Tomo VI: El Ejército en la Guerra del Pacífico; Estado Mayor General del Ejército; Impresos Vicuña; Santiago de Chile; 1982; p. 395.
9. Bulnes, Gonzalo; Óp. cit.; pp. 275-276.
10. Ibíd.; p. 268.
11. Bulnes afirma que el río Mantaro se extiende 30 leguas peruanas desde el Lago Junín hasta Izcuchaca, equiparándose una legua peruana a 8.359,5 kilómetros. El número mencionado es una aproximación. Legua Peruana en Ahumada, Pascual; Óp. cit.; Tomo VIII, p. 194.
12. Bulnes Gonzalo; Óp. cit.; p. 267.
13. Ibíd.; pp. 287-288.
14. Previamente al combate final del 9 de julio, Marcavalle fue atacada previamente el 3 y el 28 de junio.
15. Bulnes, Gonzalo; Óp. cit.; p. 183.
16. Ibíd.; pp. 284-285.
17. Durante la Guerra del Pacífico, la localidad fue llamada alternativamente Zapalenga o Zapallanga.
18. Ahumada, Pascual; Óp. cit.; Tomo VII; pp. 184-187.
19. Bulnes, Gonzalo; Óp. cit.; pp. 292-301.
20. Ibíd.; p. 306.