DESARROLLO TÁCTICO DE LA BATALLA DE MAIPO

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Domingo, 5 Abril, 1818

DESARROLLO TÁCTICO DE LA BATALLA DE MAIPO

*En la imagen, un fragmento de la obra de fray Pedro Subercaseaux, titulada Batalla de Maipú.*

En el contexto de las campañas de la Independencia de Chile, más exactamente en la campaña del año 1818 y en los primeros días del mes de abril de ese año, la población de Santiago estaba muy nerviosa por la batalla que de un momento a otro se daría entre el Ejército Unido de Chile y de Los Andes, comandado por el general José de San Martín, y el ejército realista, dirigido por el general Mariano Osorio. La mayor parte de la población era afecta a la causa patriota, pero también había una minoría de personas que apoyaban la causa del Rey, mientras otro grupo estaba compuesto por indiferentes. Sin embargo, todos temían que una victoria realista podría alejar de la ciudad a las fuerzas de milicias que la guarnecían, quedando la población expuesta a los saqueos y las violencias de la plebe.

Bernardo O’Higgins se hallaba reponiéndose de las heridas sufridas durante la sorpresa de Cancha Rayada, pero ello no impidió que tomara medidas para resguardar la seguridad de la ciudad y de sus vecinos; además, se negó a hacer abandono de Santiago, como se lo habían pedido sus subalternos, con el fin de resguardar su seguridad personal.

Entretanto, en el campo de batalla situado al sur de Santiago, los dos ejércitos contendientes habían pasado la noche sobre las armas y separados por cerca de seis kilómetros. Cuando amaneció, el ejército realista ocupó las casas de la hacienda de Espejo. El plan de Osorio era efectuar una marcha de circunvalación por el flanco derecho del ejército patriota, de manera de ocupar el camino que comunicaba Santiago con Valparaíso. Por su parte, esta última fuerza militar estaba acampada en un sitio que formaba parte de una loma (la que en su parte oriental era conocida con el nombre de Cerrillos) y se tendió por un cordón de alturas que iba a oriente a occidente (el que conformaba el costado sur de la mencionada loma); los cuerpos tomaron la misma colocación que habían tenido en el campamento, sólo que la caballería debía ocupar los dos extremos de la línea. La marcha de los cuerpos patriotas decidió a Osorio y a sus jefes militares a empeñar el combate. El ejército realista ocupó una altiplanicie regular que iba a constituir el campo de batalla, tendiendo una línea inclinada hacia la izquierda. Durante una hora los realistas permanecieron inmóviles, mientras los patriotas extendían su línea sobre el cordón de lomas de enfrente. Cada ejército contaba con cerca de cuatro mil quinientos hombres, siendo superiores los patriotas en las Armas de caballería y artillería, mientras que los realistas lo eran en la infantería.

Como a las once y media de la mañana, San Martín ordenó a su artillería hacer fuego sobre el enemigo, para obligarlo a salir de sus posiciones, objetivo que no pudo cumplirse, ya que Osorio persistía en mantenerse en una posición defensiva. Entonces el jefe patriota ordenó atacar a sus divisiones de la derecha y de la izquierda. La división patriota de la derecha, dirigida por el coronel Juan Gregorio de Las Heras, avanzó en forma resuelta. La caballería realista del ala izquierda, compuesta por dos escuadrones de los Dragones de la Frontera, se enfrentó con su par patriota, conformada por el regimiento de Granaderos; una primera carga patriota que fue rechazada por la infantería enemiga había sido seguida de un repliegue y luego de otra nueva carga que logró desorganizar a la caballería realista, la cual se colocó detrás de su infantería.

Por otra parte, en el otro extremo de la línea realista, la artillería patriota logró desorganizar la caballería realista que tenía enfrente, mientras que la infantería patriota avanzaba y caía sobre el flanco derecho del ejército realista. El combate fue arduo y los cuerpos patriotas, pese a su inferioridad numérica, lograron sostenerse con vigor, pero terminaron replegándose con el fin de volver a reorganizarse; aquello parecía el comienzo de una derrota.

El brigadier realista José Ordóñez dispuso la persecución de los patriotas, para luego caer sobre el flanco izquierdo del ejército enemigo, en el cual sólo había fuerzas de artillería y los cazadores mandados por Ramón Freire y Santiago Bueras. Los cañones del comandante patriota José Manuel Borgoño lograron detener la marcha de los realistas, quienes se reorganizaron y volvieron a avanzar, siendo nuevamente frenados. Por su parte, el coronel Las Heras hizo avanzar a dos cuerpos de su división, uno de los cuales, el denominado Infantes de la Patria, cayó sobre el centro de la línea realista; fue rechazado, pero se rehizo y se sostuvo con ardor, permitiendo que llegaran tropas de refresco.

San Martín ordenó a su reserva que avanzara rápidamente para auxiliar a los cuerpos del ala derecha patriota, para que juntos cayeran sobre el enemigo; la batalla entraba en su fase más decisiva. El ejército realista reconcentró sus fuerzas en un corto trecho de terreno y los efectivos de su izquierda quedaron fuera del ataque y expuestos a ser cortados. Entonces el jefe de la división de esa izquierda, coronel Joaquín Primo de Rivera, se retiró de esa posición y se juntó con el grueso de las fuerzas realistas, que eran atacadas por todos los cuerpos patriotas. Los cazadores de Ramón Freire y de Santiago Bueras cayeron sobre los escuadrones realistas que se hallaban en su derecha y los destrozaron; Bueras cayó muerto en esa carga, pero Freire continuó la persecución de la caballería enemiga.

Todavía los cuerpos de infantería realistas tenían fuerza para resistir y se organizaron en tres divisiones separadas entre sí por muy cortas distancias. Tanto el ataque como la correspondiente resistencia fueron muy tenaces. La artillería patriota avanzó sobre los dos flancos del enemigo, el cual también fue estrechado por los cazadores de Freire; luego la infantería patriota de la reserva cargó a la bayoneta.

Luego de una media hora de encarnizado combate, la línea realista comenzó a vacilar y sus jefes, como no pudieron reconcentrarse, dispusieron la retirada. El campo de batalla estaba cubierto de cadáveres, mientras los cuerpos patriotas asediaban la retaguardia del enemigo. Eran las dos y media de la tarde y la batalla estaba decidida.
En ese momento llegó Bernardo O’Higgins al campo de combate, acompañado de cerca de mil milicianos y muy complacido pudo observar la retirada de los realistas. Sostuvo aquel conocido encuentro con San Martín y ambos se dirigieron a las casas de Espejo, para dirigir las últimas operaciones.

La caballería realista no pudo reorganizarse y sus artilleros abandonaron el campo; sólo la infantería correspondiente podía sostener una defensa que le permitiera retirarse hacia el sur; en eso fue comandada por el brigadier Ordóñez. Justamente, el caserío de Espejo parecía ofrecer condiciones para la mencionada defensa, por lo cual los efectivos realistas y sus jefes se distribuyeron por entre sus dependencias y sus inmediaciones. Los cuerpos patriotas que los perseguían fueron llegando a los contornos de las posiciones en que aquellos se habían apostado. El batallón patriota de Cazadores de Coquimbo avanzó en columna hacia las mencionadas casas, pero fue recibido por un fuerte fuego que eliminó a casi la mitad de su tropa; a continuación, se replegó, luego se reorganizó y volvió a caer sobre los soldados enemigos. Por otra parte, otros dos cuerpos de infantería patriotas atacaban a los cazadores mandados por Primo de Rivera. Para entonces daba la impresión que en las casas de Espejo se estaba dando una segunda batalla.

En ese momento arribaron a dicho lugar O’Higgins y San Martín, junto a dos brigadas de la artillería de Chile, cuyos cañones dispersaron a los cazadores realistas y facilitaron el avance de los soldados patriotas. Pronto estos últimos tomaron posesión de los contornos de las mencionadas casas, quedando a los realistas sólo la ocupación de ese recinto. Las tropas patriotas atacaron, mientras sus pares realistas se defendieron con denuedo, por lo cual este esfuerzo implicó mucho derramamiento de sangre. Los patriotas se fueron imponiendo, quedando las casas totalmente destruidas y cubiertas de cadáveres. Cabe decir que la defensa realista en dicho recinto fue considerada por los soldados patriotas como un acto de traición, lo cual hizo que estos últimos se ensañaran con los primeros. Era entre las cinco y las seis de la tarde, la batalla estaba terminada y la victoria patriota era completa.

Muchos dispersos realistas se fueron retirando hacia el sur, siendo perseguidos por los milicianos que había traído consigo O’Higgins, los que hicieron varios prisioneros. El ejército realista perdió mil quinientos hombres, mientras que cerca de mil trescientos fueron hechos prisioneros. Por su parte, los patriotas tuvieron cerca de ochocientos muertos y mil heridos.[1]

Por
Eduardo Arriagada Aljaro
Historiador PUC.
Academia de Historia Militar

NOTA AL PIE:
1. Barros Arana, Diego. "Historia General de Chile. Tomo XI." Rafael Jover (Editor), Santiago 1890, pp. 437 – 455.