ABDICACIÓN DE O'HIGGINS

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Martes, 28 Enero, 1823

28 de Enero de 1823

Corrían vientos revolucionarios en la joven república. Tanto en el norte como en el sur se estaban soliviantando los ánimos y surgiendo diferentes caudillos dispuestos a derrocar al gobierno. Una guerra civil era inminente. O’Higgins seguramente recibía estas noticias con templanza y una buena dosis de dolor y desconcierto. Si bien parecía haber tomado la decisión de abdicar el poder ya hacía unos días, se reservaba hacer público tal acto tanto por temor a provocar aún más los ánimos y en el afán de dejar el gobierno más o menos ordenado.

La sociedad en general estaba agitada. Las reformas emprendidas por el Director Supremo, el autoritarismo y la pérdida de privilegios tenían a los ciudadanos muy disconformes. Además, aquellos jóvenes que habían crecido junto a la lucha por la independencia de nuestro país, se mostraban en extremo impacientes por ver aquellas medidas que debieron haberse concretado de manera natural con el cambio de régimen y exigían cambios inmediatos en el manejo del nuevo Estado.

No hay que dejarse engañar, O’Higgins era respetado por la élite y los ciudadanos, pero su permanencia en el poder suponía un peligro para la tranquilidad. En palabras de Barros Arana “estimaban personalmente a O’Higgins, reconocían la importancia de sus servicios, respetaban las cualidades de su patriotismo y de su carácter, y sin aprobar todos los actos de su gobierno, y aún condenando el excesivo autoritarismo de éste, habían llegado a convencerse de que su permanencia en el mando envolvía los mayores peligros para la tranquilidad pública y para el bienestar y seguridad de la patria.”[1] Una guerra civil era una amenaza demasiado real, considerando el estado de las cosas, y la única salida parecía ser la renuncia del Director Supremo.

Aquél día los ciudadanos más influyentes de Santiago, se reunieron en gran número en la misma sala del edificio del Consulado en donde se celebrase la Primera Junta de Gobierno en 1810. Desde allí citaron a O’Higgins en repetidas ocasiones durante el transcurso de ese día, pero él no aparecía. La resistencia a concurrir se debía a la impresión que tenía O’Higgins que en el Consulado no se habían reunido personalidades importantes, sino ciudadanos que se estaban dejando llevar por las pasiones del momento. Su principal preocupación del día, y toda su concentración, se había centrado en evitar que las tropas se sublevasen y tomaran control de la ciudad. Cuando finalmente hizo acto de presencia ante aquella asamblea, tomó la testera y preguntó a qué se debía esa reunión, recibiendo la respuesta de parte de don Mariano Egaña, quien de acuerdo a Barros Arana, le dijo: “El pueblo, señor, dijo, estima en todo su valor vuestros importantes servicios, y mira a V. E. al padre de la patria; pero vista la penosa situación porque ella atraviesa, y los peligros de una guerra civil y de la anarquía destructora que la amenaza, os pide respetuosamente que pongáis remedio a estos males dejando el alto cargo que habéis ejercido.”[2]

Se produjo un debate entonces, referido a la legitimidad de la asamblea para representar los intereses de toda la República, en el que intervinieron personalidades tales como José Miguel Infante, el mismo Egaña y Fernando Errázuriz, que abogaron por esta e insistieron en la necesidad de la renuncia que solicitaban, entre otras voces algo más agitadas e impacientes. Finalmente O’Higgins tuvo que ceder y tras solicitar a la audiencia que designasen entre la concurrencia a los individuos más respetables, continuó la reunión con ellos a puerta cerrada.

Fue ante esta comisión ante la cuál O’Higgins prometió entregar el cargo ante la autoridad que ellos estimasen que podría contener las pasiones del pueblo y mantener la paz. Se acordó que el poder estaría en manos de una junta de gobierno compuesta por don Agustín Eyzaguirre, don José Miguel Infante y don Fernando Errázuriz, quienes debían reunir un congreso a la brevedad. Se aprobó además otra comisión conformada por Juan Egaña, Bernardo Vera y Joaquín Campino, que fijaría las atribuciones y facultades del nuevo gobierno, que tendría un plazo de seis meses para cumplir sus objetivos y calmar a las provincias.

Se levantaron actas y fueron leídas en voz alta ante la audiencia en pleno, nuevamente reunida en el salón del Consulado, y ante la cuál, tras tomar los juramentos de estilo a los integrantes de esta nueva junta, O’Higgins se dirigió a esta: “Si no me ha sido dado, dijo, dejar consolidadas las nuevas instituciones de la República, tengo al menos la satisfacción de dejarla libre e independiente, respetada en el exterior y cubierta de gloria por sus armas victoriosas. Doy gracias al cielo por los favores que ha dispensado a mi gobierno, y le pido que proteja a los que hayan de sucederme.”[3] Barros Arana continúa el relato diciendo que O’Higgins se quitó la banda y la dejó sobre una mesa, antes de continuar con su discurso, que siguió como se cita: “Ahora soy un simple ciudadano. En el curso de mi gobierno, que he ejercido con una grande amplitud de autoridad, he podido cometer fallas, pero creedme que ellas habrán sido el resultado de las difíciles circunstancias en que me tocó gobernar y no el desahogo de malas pasiones. Estoy dispuesto a contestar todas las acusaciones que se me hagan; y si esas faltas han causado desgracias que no pueden purgarse mas que con mi sangre, tomad de mi la venganza que queráis. Aquí está mi pecho.”[4]

La escena que siguió a este discurso fue la del Director Supremo abriéndose la casaca con fuerza y exponiendo su pecho. La concurrencia, quizás conmovida por los dichos de O’Higgins, respondió el gesto con vítores de aprecio y muestras de cariño a la autoridad saliente, quien, al considerar que su presencia ya no era necesaria, se despidió y se retiró del lugar.

De este modo, terminaba el gobierno O’Higgins, quien prefirió abdicar al poder, antes de sumergir al país en un baño de sangre innecesario. Sin embargo la anhelada paz que se esperaba obtener con la partida del Director Supremo no llegó en lo inmediato. Se dio inicio de este modo a un periodo de anarquía en la cuál la naciente república debía sortear de la mejor manera posible para poder consolidarse como país.

Carolina Herbstaedt M.
Licenciada en Historia UAI.
ACADEMIA DE HISTORIA MILITAR

NOTAS AL PIE
1. Barros Arana, Diego. “HISTORIA JENERAL DE CHILE. TOMO XIII”, Rafael Jover Editor. Santiago 1894. p. 818
2. Ídem. p. 828
3. Ídem. p. 831.
4. Ídem.