BATALLA DE TACNA, O DE CAMPO DE LA ALIANZA

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Miércoles, 26 Mayo, 1880

26 mayo 1880

Se puede afirmar que la batalla de Tacna constituyó el episodio central de la guerra que Chile sostuvo contra Perú y Bolivia entre los años de 1879 y de 1884. Dicho conflicto se enmarca dentro del contexto bélico del siglo XIX latinoamericano, en el cual las nuevas repúblicas que emergieron luego del turbulento período de las guerras de independencia (1808 – 1825), fueron ajustando sus fronteras. Si bien, una vez alcanzada la emancipación de España, hubo consenso entre los nuevos países respecto a mantener los límites que los distinguieron desde los siglos coloniales (el conocido “Uti Possidetis”), no tardaron en surgir serias divergencias que se tradujeron en cruentas guerras, las que caracterizaron a la centuria ya mencionada. En este caso particular, el territorio en discordia era rico en recursos naturales tales como el guano y los depósitos de nitrato, esenciales como abono para la agricultura de los empobrecidos suelos de Europa y también, en el caso del salitre, como base para la fabricación de pólvora. En un contexto de fronteras en disputa entre los países beligerantes y de una serie de tratados que pretendieron solucionar el asunto, éste desembocó en el uso de las armas.

Esta batalla se inscribe dentro de la tercera campaña de la Guerra del Pacífico, conocida como la “Campaña de Tacna y Arica” (la primera fue la “Campaña Marítima”, luego de la cual vino la “Campaña de Tarapacá”). Dentro de esta coyuntura ya había tenido lugar el combate de Los Ángeles, seguido de la muerte del Ministro de Guerra en Campaña, Rafael Sotomayor. También no hacía mucho había tenido lugar un cambio en la persona que ocupaba el cargo de General en Jefe del Ejército de Operaciones del Norte, ya que el general Erasmo Escala fue reemplazado por el general Manuel Baquedano. Esto último constituyó el desenlace de una serie de conflictos que enfrentaron al general Escala con sus coroneles, siendo la culminación de todo esto una serie de divergencias que sostuvo con el coronel Pedro Lagos, jefe del Estado Mayor General de la fuerza militar chilena que operaba en el norte. Algunos autores subrayan el carácter especial de Erasmo Escala, el cual ya no se amoldaría a las características que iba tomando la guerra en la segunda mitad del siglo XIX.

Así lo describe el historiador francés Claude M. Cluny: “[…] un hombre cuyo sentido del deber y la disciplina excluye por principio toda evolución, tanto de las funciones como de la doctrina. Ese tipo de carácter riguroso y digno hace que los vencidos se asombren de serlo. El general Escala se exasperaba por no actuar, sin no obstante concebir que la conducción de la guerra moderna implica obligaciones nuevas y complejas. Su obstinación en rechazar los servicios del Estado Mayor había estado ya a punto de causar catástrofes. La confusión y el nefasto seguimiento de las decisiones, ya se tratase de la intendencia o de los movimientos, obligaban al Ministro en Campaña a tomar a su cargo tareas que dependían de los servicios del coronel Lagos, ¡obstaculizado para trabajar!. (1)

Por otro lado, el fallecimiento del Ministro Sotomayor trajo un nuevo conflicto, esta vez entre los elementos civiles y militares. Baquedano tuvo una buena relación con Rafael Sotomayor; sin embargo, no pasó lo mismo con el sucesor de este último que fue nombrado por el gobierno, el coronel de la Guardia Nacional José Francisco Vergara. Baquedano no estaba dispuesto a que un hombre con levita se inmiscuyera en lo que él consideraba un ámbito propio de los militares: la conducción de una guerra. Asoció a su lado al coronel José Velásquez como su nuevo jefe del Estado Mayor General, quien le prestó una estrecha colaboración. No tardaron en surgir desavenencias entre el nuevo General en Jefe y don José Francisco Vergara, frente a las cuales éste último salió perdiendo, ya que tanto Baquedano como Velásquez tomaron el control de la dirección de las operaciones, e incluso quitaron poder efectivo a Vergara, cuando se ordenó suprimir el cargo de comandante general de caballería (el cual era desempeñado por el ministro), siendo disuelta dicha arma en varias secciones que quedaron a cargo de distintos jefes militares.

Tampoco todo era armonía entre los jefes militares de la alianza peruano-boliviana. El almirante Lizardo Montero (peruano) y el coronel Eleodoro Camacho (boliviano) no lograron ponerse de acuerdo luego del combate de Los Ángeles: el primero quería mantenerse cerca de Tacna, mientras que el segundo pretendía marchar hacia la quebrada de Sama, con el fin de ocuparla antes de que quedara en manos de los chilenos. Estas disputas sólo fueron solucionadas cuando el presidente de Bolivia, el general Narciso Campero bajó desde La Paz y tomó el mando de las tropas aliadas. Dicho jefe decidió finalmente establecerse en un terreno situado en las inmediaciones de la ciudad de Tacna, el cual fue bautizado con la denominación de “Campo de la Alianza”. En ese lugar tendría efecto la batalla que se está tratando. Los aliados se aposentaron en una meseta prominente frente a la cual se extendía una llanura que debía ser atravesada por el enemigo a la descubierta. Dicha meseta fue acondicionada para establecer las líneas aliadas (izquierda, centro y derecha), las reservas, y la caballería.

El día 22 de mayo el general Baquedano hizo un reconocimiento del campo aliado, luego de lo cual se discutió el plan a seguir. Vergara propuso que todo el ejército chileno, o una parte de él, se desplazara hacia la derecha del enemigo con el objeto de alcanzar su retaguardia, mientras la caballería alcanzaba el valle del río Caplina con el fin de desviar dicho curso de agua, de forma que el ejército de Campero se viera privado del precioso líquido. Velásquez objetó este plan como no factible, lo cual fue apoyado por el general Baquedano, quien optó por un ataque directo y frontal contra las líneas enemigas. De hecho, un autor como Gonzalo Bulnes estima que dicho tipo de acciones simples eran muy de la preferencia de Baquedano, quien las consideraba apropiadas para las características naturales del soldado chileno.

“Baquedano – escribe Bulnes - pensaba como el coronel Velásquez. Viejo soldado de la campaña de 1838, no temía que el soldado peruano o boliviano se rehiciera después de la derrota. Dominaba también al general en jefe la idea de que el soldado chileno desarrollara su poderosa fuerza en el ataque impulsivo y entusiasta, y que jamás la potencia de la raza se manifiesta con más incontrastable vigor como cuando marcha al asalto de poderosas líneas, sabiendo que no tiene retirada. Baquedano era hombre de acción, no de combinaciones (2).

El 25 de mayo las fuerzas chilenas se pusieron en marcha y en la noche acamparon en el punto denominado Quebrada Honda. En ese mismo día, un grupo de arrieros chilenos que conducían suministros para las tropas de la misma nacionalidad fueron capturados por los aliados, e interrogados. Campero determinó entonces atacar al ejército chileno en la noche, en su estancia en Quebrada Honda. Para ello movilizó al ejército aliado en una operación que resultó fallida debido a la oscuridad y que sólo logró fatigar a las tropas aliadas, lo cual, a su vez, las perjudicó en su desempeño en la batalla que tendría lugar el 26 de mayo.

La distribución del ejército aliado fue la siguiente: en el ala izquierda se situó una división de infantería boliviana (compuesta de tres cuerpos), y dos divisiones peruanas (la 2ª y la 3ª); detrás se establecieron cuatro escuadrones de caballería bolivianos; esta ala estaba bajo el mando del coronel Camacho. El centro fue ocupado por cuatro unidades de infantería bolivianas, detrás de las cuales se ubicaron la 5ª y la 6ª divisiones peruanas, entre las que se intercaló la 4ª División de la misma nacionalidad; el jefe de estas tropas era el general boliviano Miguel Castro Pinto y detrás de todas ellas se situó el cuartel general aliado. En el ala derecha peruano-boliviana (al oriente del Campo de la Alianza) se edificó un fuerte hecho con sacos de arena, el cual fue defendido por la 1ª división peruana y detrás de ella se ubicaron cuatro batallones bolivianos y otros dos peruanos, más tres escuadrones (también peruanos) de caballería; esta ala era comandada por el almirante Montero.

En cuanto a la distribución de las fuerzas chilenas, en su ala derecha (y frente al ala izquierda peruana) se colocó la 1ª división comandada por el coronel Santiago Amengual (formada por el regimiento Esmeralda, tres batallones cívicos movilizados y ciento veinte pontoneros); al centro se situó la 2ª división dirigida por el coronel Francisco Barceló (integrada por el regimiento 2º de Línea, el regimiento Santiago y el batallón Atacama Nº 1); detrás de las divisiones de Amengual y Barceló se ubicó como reserva la 3ª división mandada por José Domingo Amunátegui (compuesta del regimiento de Artillería de Marina, más dos batallones cívicos movilizados); en el ala izquierda chilena estaba la 4ª división a cargo del coronel Orozimbo Barbosa (compuesta por los Zapadores, el regimiento Lautaro y el batallón Cazadores del Desierto), detrás de la cual se colocaron la artillería de montaña, el regimiento Cazadores a Caballo y el escuadrón de Carabineros Nº 2. La artillería chilena se distribuyó detrás de todas estas divisiones, quedando la pesada más atrás y la de montaña más adelante; toda esta artillería correspondía al regimiento Nº 2, cuerpo que había sido formado especialmente por José Velásquez. También a la retaguardia quedó el cuartel general chileno y la correspondiente reserva.

La batalla comenzó con un duelo de artillería que duró cerca de una hora, desde la nueve y hasta las diez de la mañana, la que no tuvo mayor efecto. Entonces, el cuartel general chileno ordenó que las divisiones de Amengual y Barceló entraran en combate. Las tropas de Amengual lograron avanzar hasta muy cerca de los hombres del coronel Camacho y sufrieron fuertes pérdidas, a lo que se sumaba la falta de municiones, por lo que hubieron de abandonar el terreno que habían conquistado. Algo parecido ocurrió con los soldados de Barceló, los cuales también se quedaron sin municiones y debieron retroceder. Por el lado aliado, todo el poder de fuego se concentró en la 1ª división, incorporando también Camacho sus reservas, y trayendo soldados y cuerpos tanto del centro como del ala derecha aliados. Cuando los jefes peruanos observaron la retirada de los chilenos, pensaron que la batalla estaba ganada y ordenaron la persecución. Sin embargo, todavía no había entrado en acción la mayor parte del ejército chileno.

En vista de esta situación, tuvieron lugar dos hechos: primero, el coronel Pedro Lagos obtuvo la autorización del general Baquedano para que avanzara la división de Amunátegui, la cual se encontraba intacta; y, segundo, la caballería chilena, al mando de José Francisco Vergara y del comandante Yávar avanzó contra la artillería de Camacho. Todo esto hizo que los cuerpos de Camacho y Castro Pinto se detuvieran, y que la resistencia aliada comenzara a declinar. Acto seguido, se produjo el aniquilamiento de varios cuerpos peruanos y bolivianos, con lo cual la victoria chilena se hizo realidad en el ala izquierda y en el centro aliados. De hecho, resultaron gravemente heridos el coronel Camacho y el jefe del Estado Mayor del ejército boliviano, general Pérez, mientras que la caballería aliada emprendió la fuga. En cuanto al ala derecha peruano-boliviana, la división de Barbosa no encontró mayor resistencia de parte de ella, debido a que varios de sus efectivos concurrieron a auxiliar al ala izquierda y al centro aliados; Barbosa ejecutó un ataque frontal hacia el centro, combinado con movimientos envolventes por los extremos, lo cual permitió que sus cuerpos llegaran hasta el fortín artillado de los aliados; con esto, todas las posiciones de la Alianza quedaron ocupadas por las tropas chilenas. La batalla estaba ganada. Eran cerca de las dos y media de la tarde del día 26 de mayo de 1880.

Los efectivos bolivianos huyeron hacia el altiplano, mientras que sus pares peruanos tomaron el camino hacia Arequipa

La 1ª, 2ª y 3ª divisiones chilenas perdieron en conjunto cerca del treinta por ciento de sus efectivos, entre muertos y heridos; por su parte, el botín de guerra fue numeroso. Hubo persecución de los fugitivos de parte de la caballería chilena, pero ello no dio mayores resultados. Debido a impresiones erróneas, se creyó que en Pachía se encontraba una parte importante del ejército aliado, lo que movió a Baquedano a enviar una división compuesta de los cuerpos que no habían entrado en combate en esta batalla; pero, más tarde, se hizo evidente que aquella fuerza peruano-boliviana no existía.

Aunque respecto de las cifras de las bajas (muertos y heridos) correspondientes a esta acción de guerra no hay acuerdo entre los historiadores, es fácil concluir que Tacna, como lo dice Francisco Machuca en su obra “Las cuatro campañas de la Guerra del Pacífico”, fue una de las batallas más sangrientas del siglo XIX chileno.

En Bolivia esta derrota fue aceptada en forma estoica de parte de sus autoridades políticas y la Convención de ese país nombró a Campero como Presidente de la República. En Perú, Nicolás de Piérola aseguró a la población que con esta victoria las fuerzas chilenas habían agotado sus recursos, mientras que los de los peruanos estaban intactos, lo cual les daba la ventaja de ahora en adelante. En Chile los primeros telegramas enviados por los jefes militares causaron euforia en la capital. Sin embargo, unos cables remitidos por Vergara que anunciaron, entre otras cosas, que la mayor parte de las fuerzas aliadas permanecían intactas en Pachía, alarmaron seriamente a las autoridades y a la población; no obstante lo anterior, nuevos mensajes enviados por los jefes chilenos dejaron en claro la victoria nacional y se despejaron las dudas acerca de la situación de las fuerzas aliadas.

La importancia de esta batalla en el contexto de la Guerra del Pacifico radica en que se trata de un punto de inflexión en el transcurso de este conflicto por los motivos que veremos. Primero, se puede afirmar que con este triunfo de parte de las fuerzas chilenas, se visualiza el hecho de que la guerra se va a ganar. Segundo, debido a la victoria chilena y aunque se mantuvo la alianza entre peruanos y bolivianos, estos últimos dejaron de aportar contingentes militares para las acciones siguientes, recayendo el esfuerzo de guerra exclusivamente sobre el Perú. Tercero, a partir de este triunfo, las autoridades chilenas comenzaron a cambiar el objetivo político de la guerra, ya que entendieron que esta conflagración sólo podría resolverse si las fuerzas nacionales alcanzaban el centro político de Perú, vale decir, su capital. Una vez conquistadas las regiones peruanas de Moquegua, Tacna y Arica, prendió en Chile la idea de que el Perú no se resignaría ante la pérdida de sus territorios sureños y que la única forma de hacerlo desistir de sus propósitos bélicos era atacar y apoderarse de su capital, de forma que se le pudieran imponer negociaciones que dieran seguridad al Estado chileno respecto de su soberanía sobre la rica provincia de Tarapacá, como forma de resarcimiento de los gastos ocasionados al erario chileno por esta guerra. A pesar de conseguirse el objetivo descrito, la conquista de Lima no logró quebrantar la voluntad de lucha de las fuerzas peruanas, las que con persistencia se resistieron durante la “Campaña de la Sierra”, que en el Perú es conocida como “Campaña de la Breña”.

Por
Eduardo Arriagada Aljaro
Historiador y Magíster en Historia Militar y Pensamiento Estratégico.
Academia de Historia Militar.

Pie de página
(1) Claude Michel Cluny, Atacama. Ensayo sobre la guerra del Pacífico, 1879 – 1883. México, Fondo del Cultura Económica, primera edición en español, 2008, página 329.
(2) Gonzalo Bulnes, Guerra del Pacífico. Tomo II. De Tarapacá a Lima. Valparaíso, Sociedad Imprenta y Litografía Universo, 1914, página 312.